Si un hombre no busca algún arrimo, todos le dejarán estar y no vivir. Ningunos más arrimados hoy que los que no se arriman. Aunque sea un gigante en méritos, le echarán á un rincón. Don Miguel
de Escartín.
Así puede ser más benemérito que nuestro obispo de Barbastro, más hombre de bien que el mismo patriarca, más valiente que Domingo de Eguía, más docto que el cardenal de Lugo: nadie se acordará dél. Y aun por eso, toda conclusión se arrima á buen poste y todo jubileo á buena esquina. Creedme que importan mucho estas atenciones respaldares.

Ojo político. Ésos sean los mismos, dijo Andrenio, y no los de las rodillas. Desde ahora los renuncio allí. ¿Y para qué, sino para cegarse con el polvo y quedar estrujados en el suelo?

¡Qué mal lo discurres!, respondió Argos. Ésos son hoy los prácticos. Porque más político es mirar un hombre á quién se dobla, á quién hinca la rodilla, qué numen adora, quién ha de hacer el milagro. Que hay imágenes viejas, de adoración pasada, que no se les hace ya fiesta, figura del descarte, barajadas de la fortuna. Estos ojos son para brujulear quién triunfa, para hacerse hombre, ver quién vale y ha de valer.

De verdad, que no me desagradan, dijo Critilo, y que en las cortes me dicen se estiman harto. Por no tener yo otros como ellos, voy siempre rodando. Esta mi entereza me pierde.

Una cosa no me puedes negar, replicó Andrenio: que los ojos en las espinillas no sirven sino para lastimarse. Señor, en los pies están en su lugar, para ver un hombre dónde los tiene, dónde entra y sale, en qué pasos anda; pero en las piernas ¿para qué?

¡Oh, sí! Para no echarlas ni hacerlas con el poderoso, con el superior. Atienda el sagaz con quién se toma, mire con quién las ha y, en reconociéndole la cuesta, no parta peras con él, cuanto menos piedras. Si éstos hubiera tenido aquel hijo del polvo, no se hubiera metido entre los brazos de Hércules, nunca hubiera luchado con él. Ni los rebeldes titanes se hubieran atrevido á descomponerse con el Júpiter de España. Que estas necias temillas tienen abrumados á muchos.

Prométoos que para poder vivir es menester armarse un hombre de pies á cabeza, no de ojetes, sino de ojazos, muy despiertos. Ojos en las orejas para descubrir tanta falsedad y mentira. Ojos en las manos para ver lo que da y mucho más lo que toma. Ojos en los brazos para no abarcar mucho y apretar poco. Ojos en la misma lengua para mirar muchas veces lo que ha de decir uno. Ojos en el pecho para ver en qué lo ha de tener. Ojos en el corazón, atendiendo á quién le tira ó le hace tiro. Ojos en los mismos ojos para mirar cómo miran. Ojos y más ojos y reojos, procurando ser Elmirante en un siglo tan Adelantado.

¿Qué hará, ponderaba Critilo, quien no tiene sino dos y ésos nunca bien abiertos, Hércules
de Austria.
llenos de legañas y mirando aniñadamente con dos niñas? ¿No nos venderías, que ya nadie da, si no es el señor don Juan de Austria, un par désos, que te sobran?

¿Qué es sobrar?, dijo Argos. De mirar nunca hay harto. Á más de que no hay precio para ellos; sólo uno y ese es un ojo de la cara.

¿Pues qué ganaría yo en eso?, replicó Critilo.