El sitio era muy esento, señoreando cuanto hay á todas partes y participando de todas luces, que ninguna aborrece. Lo que más la ilustraba eran dos puertas grandes y siempre patentes: la una al oriente de donde se viene y la otra al ocaso donde se va. Y aunque ésta parecía falsa, era la más verdadera y la principal. Por aquélla entraban todos y por ésta salían algunos.
Transformaciones
de la edad. Causóles aquí estraña admiración ver cuán mudados salían los pasajeros y cuán otros de lo que entraban, pues totalmente salían diferentes de sí mismos. Así lo confesó uno á la que le decía: Yo soy aquélla, respondiéndole: Yo no soy aquél.
Los que entraban risueños, salían muy pensativos; los alegres, melancólicos; ninguno se reía. Todo era autoridad. Y así los muy ligeros antes, ahora procedían graves; los bulliciosos, pausados; los flacos, que en cada ocasión daban de ojos, ahora en la cuenta; pisando firme los que antes de pie quebrado; los livianos, muy sustanciales. Estaba atónito Andrenio, viendo tal novedad y tan impensada mudanza.
Aguarda, dijo: aquel que sale hecho un Catón ¿no era poco ha un chisgaravís?
El mismo.
¡Hay tal transformación!
¿No veis aquel, que entraba saltando y bailando á la francesa, cómo sale muy tétrico y muy grave á la española? Pues aquel otro sencillo ¿notáis qué doblado y qué cauto se muestra?
Aquí, dijo Andrenio, alguna Circe habita, que así transforma las gentes. ¿Qué tienen que ver con éstas todas las metamorfosis, que celebra Ovidio? Mirad aquel, que entró hecho un Claudio emperador, cuál sale hecho un Ulises. Madurez varonil. Todos se movían antes con ligera facilidad, y ahora proceden con maduro juicio. Hasta el color sacan, no sólo alterado, pero mudado.
Y realmente era así, porque vieron entrar un boquirrubio y salió luego barbinegro. Los colorados, pálidos; convertidas las rosas en retamas. Y en una palabra, todos trocados de pies á cabeza, pues ya no movían ésta con ligereza á un lado ni á otro; sino que la tenían tan quieta, que parecía haberles echado á cada uno una libra de plomo en ella. Los ojos altaneros, muy mesurados. Asentaban el pie, no jugando del brazo. La capa sobre los hombros muy á lo chapado.
No es posible sino que aquí hay algún encanto, repetía Andrenio. Aquí algún misterio hay. ¿Ó esos hombres se han casado, según salen pensativos?