¿Qué mayor encanto, dijo Argos, que treinta años á cuestas? Ésta es la transformación de la edad. Advertid que en tan poca distancia, como hay de la una puerta á la otra, hay treinta leguas de diferencia, no menos, que de ser mozo á ser hombre. Éste es el pasadizo de la juventud á la varonil edad.

En aquella primera puerta dejan la locura, la liviandad, la ligereza, la facilidad, la inquietud, la risa, la desatención, el descuido con la mocedad. Y en esta otra cobran el seso, la gravedad, la severidad, el sosiego, la pausa, la espera, la atención y los cuidados con la virilidad.

Y así veréis que aquel, que hablaba de taravilla, ahora tan espacio, que parece que da audiencia. Pues aquel otro, que le iba chapeando el seso, mirad qué chapado sale. El otro con sus cascos de corcho qué sustancial se muestra. ¿No atendéis á aquel tan medido en sus acciones, tan comedido en sus palabras? Éste era aquel casquilucio. Tened cuenta cuál entra aquel con sus pies de pluma; veréis luego cuál saldrá con pies de plomo. ¿No veis cuántos valencianos entran y qué de aragoneses salen? Al fin, todos muy otros de sí mismos, cuando más vuelven en sí. Su andar pausado, su hablar grave, su mirar compuesto y que compone, y su proceder concertado, que cada uno parece un Chumacero.

Dábales ya prisa Argos que entrasen y ellos:

Dínos primero ¿qué casa es ésta tan cara?

Ésta es, respondió, la aduana general de las edades. Aquí comparecen todos los pasajeros de la vida y aquí manifiestan la mercadería que pasan, averíguase de dónde vienen y dónde van á parar.

Entraron dentro y hallaron un areópago, porque era presidente el Juicio, un gran sujeto, asistiéndole el Consejo muy hombre, el Modo muy bienhablado, el Tiempo de grande autoridad, el Cierto de mucha cuenta, el Valor muy ejecutivo y así otros grandes personajes. Tenía delante un libro abierto de cuenta y razón, cosa que se hizo muy nueva á Andrenio, como á todos los de su edad y que pasan á ser gente de veras. Examen
de personas.
Llegaron á tiempo que actualmente estaban examinando á unos viandantes de qué tierra venían.

Con razón, dijo Critilo, porque della venimos y á ella volvemos.

Sí, dijo otro, que sabiendo dónde venimos, sabremos mejor dónde vamos.

Muchos no atinaban á responder: que los más no daban razón de sí mismos. Y así, preguntándole á uno dónde caminaba, respondió que adonde le llevaba el tiempo, sin cuidarse más que de pasar y hacer tiempo.