Enamorado,
mozo ó loco.
Iban con tanto rigor en esto de reconocer los humanos pasajeros, que llegaron las guardas á desnudar algunos de los sospechosos. Cogiéronle á uno un retrato de una dama, ahorcado de un dogal de nácar. Quedó él tan perdido, cuan escandalizados todos los cuerdos. Que aun de mirar el retrato no se dignaron; sino lo que bastó para dudar cuál era la pintada, ésta ó aquélla.

Reparó una de las guardas y dijo:

Éste ya yo le he quitado á otro y no ha muchos días.

Mandáronle sacar y hallaron una docena dellos.

Basta, dijo el presidente: que una loca hace ciento. Recójanlos como moneda falsa, doblones de muchas caras.

Y á él le intimaron que ó menos barbas ó menos figurerías y que esto de trillar la calle, dar vueltas, comer hierro, apuntalar esquinas, deshollinar balcones, lo dejasen para los Adonis boquirrubios.

El que causó mucha risa fué uno, que llegó con un ramo en la mano y, averiguando que no era médico ni valenciano, sino pisaverde, le atropelló la Atención, diciéndole era ramo de locura, tablilla de mesón, vacío de seso.

Vieron uno, que no miraba á los otros y sin ser tosco tenía fijos los ojos en el sombrero.

Pues no será de corrido, dijo la Sagacidad.

Y en sospechas de liviandad, llegaron á reconocerle y le hallaron un espejillo, clavado en la copa del sombrero y por cosa cierta averiguaron era primo loco, sucesor de Narciso.