Traje, corteza
del ánimo.
No se admiraron tanto déstos, cuanto de un otro, que repetía para Catón en la severidad y aun se emperdigaba para repúblico. Miráronle de pies á cabeza y brujuleáronle una faldilla de un jubón verde, color muy malvisto de la Autoridad.

¡Oh! qué bien merecía otro, votaron todos. Pero por no escandalizar el populacho, muy á lo callado le remitieron al nuncio de Toledo, que le absolviese de juicio.

Á otro, que debajo una sotanilla negra traía un calzón acuchillado, le condenaron á que terciase la falda, prendiéndola de la pretina, para que todo el mundo viese su desgarro.

Intimaron á otros seriamente que en adelante ninguno llevase arremangada la falda del sombrero á la copa; si no es yendo á caballo, cuando ninguno es cuerdo. Ni de canto el sombrero á un lado de la cabeza, dejando desabrigado el seso del otro. Que no se vayan mirando á sí mismos ni por sombra, so pena de malvistos. Ni los pies, que no es bien pavonearse. Plumas y cintas de colores se les vedaron; si no á los soldados visoños, mientras van ó vuelven de la campaña. Que todos los anillos se entregasen á los médicos y abades; á éstos, porque entierran los que aquellos destierran.

Librea
del hombre.
Pasaron ya los ministros de aquella gran aduana del tiempo á la reforma general de todos cuantos pasan de pajes de la juventud á gentileshombres de la virilidad. Y lo primero, que se ejecutó, fué desnudarles á todos la librea de la mocedad, el pelo rubio y dorado y cubrirles de pelo negro, luto en lo melancólico y lo largo, pues, cerrando las sienes, llega á ser pelo en pecho.

Ordenáronles seriamente que nunca más peinasen pelo rubio y menos hacia la boca y los labios, color profano y malvisto en adelante, vedándoles todo género de bozo y de guedejas rizadas, para escusar las risadas de los cuerdos.

Toda color material, que no la formal, les prohibieron, no permitiéndoles aun el volverse colorados; sino pálidos, en señal de sus cuidados. Convirtiéronles las rosas de las mejillas en espinas de la barba.

De suerte, que de pies á cabeza los reformaban. Echábanles á todos un candado en la boca, un ojo en cada mano y otra cara janual, pierna de grulla, pie de buey, oreja de gato, ojo de lince, espalda de camello, nariz de rinoceronte y de culebra el pellejo.

Gusto
reformador.
Hasta el material gusto les reformaba, ordenándoles que en adelante no mostrasen apetecer las cosas dulces, so pena de niños; sino las picantes y agrias y algunas saladas. Y, porque á uno le hallaron unos confites, le fué intimado se pusiese el babador, siempre que los hubiese de comer. Y así todos se guardaban de trocar el cardo por las pasas y todos comían la ensalada.

Cogieron á otro comiendo unas cerezas y volvióse de su color. Saltáronle á la cara, mandáronle que las trocase en guindas. De modo, que aquí no está vedada la pimienta; antes se estima más que el azúcar, mercadería muy acreditada, que algunos hasta en el entendimiento la usan y más si se junta con la naranja.