La sal también está muy valida y hay quien la come á puñados; pero sin lo útil no entra en provecho. Salan muchos los cuerpos de sus obras, porque nunca se corrompan, ni hay tales aromas para embalsamar libros, libres de los gusanos roedores, como los picantes y las sales.
Están tan desacreditados los dulces, que aun la misma Panegiri de Plinio á cuatro bocados enfada. Ni hay hartazgo de zanahorias, como unos cuantos sonetos del Petrarca y otros tantos de Boscán. Que aun á Tito Livio hay quien le llama tocino gordo y de nuestro Zurita no falta quien luego se empalaga.
Tenga yo gusto y voto; no siempre viva del ajeno. Que los más en el mundo gustan de lo que ven gustar á otros. Alaban lo que oyeron alabar y, si les preguntáis en qué está lo bueno de lo que celebran, no saben decirlo. De modo que viven por otros y se guían por entendimiento ajeno. Tenga, pues, juicio propio y tendrá voto en su censura.
Guste de tratar con hombres, que no todos los que lo parecen, lo son. Razone más que hable. Converse con los varones noticiosos y podrá tal vez contar algunos chistes, encaminando á la gustosa enseñanza; pero con tal moderación, que no sea tenido por masecuentos, el licenciado del chiste y truhán de balde. Podrá tal vez, acompañado de sí mismo, pasearse, pensando, no hablando.
Sea hombre de museo; aunque ciña espada. Y tenga delecto con los libros, que son amigos manuales. No embuta de borra los estantes, que no está bien un pícaro al lado de un noble ingenio. Y si ha de preferir, sean los juiciosos á los ingeniosos. Muestre ser persona en todo, en sus dichos y en sus hechos, procediendo con gravedad apacible, hablando con madurez tratable, obrando con entereza cortés, viviendo con atención en todo y preciándose más de tener buena testa, que talle. Advierta que el proporcional Euclides dió el punto á los niños, á los muchachos la línea, á los mozos la superficie y á los varones la profundidad y el centro.
Leyes
de cordura. Éste fué el arancel de preceptos de ser hombres, la tarifa de la estimación, los estatutos de ser personas, que en voz ni muy alta ni muy caída les leyó la Atención á instancia del Juicio.
Después Argos con un extraordinario licor, alambicado de ojos de águilas y de linces, de corazones grandes y de cerebros, les dió un baño tan eficaz, que á más de fortalecer mucho, haciéndolos más impenetrables por la cordura, que un Roldán por el encanto, al mismo punto se les fueron abriendo muchos y varios ojos por todo el cuerpo, de cabeza á pies, que habían estado ciegos con las legañas de la niñez y con las inadvertidas pasiones de la mocedad, y todos ellos tan perspicaces y tan despiertos, que ya nada se les pasaba por alto; todo lo advertían y lo notaban.
Con esto les dieron licencia de pasar adelante á ser personas y fueron saliendo todos de sí mismos lo primero, para más volver en sí. Fuélos, no guiando, que de aquí adelante ni se llama médico ni se busca guía, sino conduciéndolos Argos á lo más alto de aquel puerto, puerta ya de otro mundo, donde hicieron alto para lograr la mayor vista, que se topa en el viaje de toda la vida. Los muchos y maravillosos objetos, que desde aquí vieron, todos ellos grandes y plausibles, referirá la siguiente Crisi.