Los prodigios de Salastano.
Tres soles, digo tres Gracias, en fe de su belleza, discreción y garbo, contaba un cortesano verídico, ya prodigio, intentaron entrar en el palacio de un gran príncipe y aun de todos. Coronaba la primera, brillantemente gallarda, de fragantes flores rubias trenzas y recamaba su verde ropaje de líquidos aljófares, tan risueña, que alegraba un mundo entero. Pero, en injuria de su gran belleza, la cerraron tan anticipadamente las puertas y ventanas que, aunque se probó á entrar por cien partes, no pudo. Que, teniéndola por entremetida, hasta los más sutiles resquicios la habían entredicho, y así hubo de pasar adelante, convirtiendo su risa en llanto.
Fuése acercando la segunda, tan hermosa cuan discreta y, chanceándose con la primera á lo Zapata, la decía:
Anda tú, que no tienes arte ni la conoces. Verás cómo yo, en fe de mi buen modo, tengo de hallar entrada.
Comenzó á introducirse, buscando medios é inventando trazas; pero ninguna salía, pues al mismo punto que brujuleaban su buena cara, todos se la hacían muy mala. Y ya no solas las puertas y ventanas la cerraban; pero aun los ojos por no verla y los oídos por no sentirla.
¡Eh! que no tenéis dicha, dijo la tercera, agradablemente linda. Atended cómo yo por la puerta del favor me introduzco en palacio, que ya no se entra por otra.
Fuése entremetiendo con mucho agrado. Mas, aunque á los principios halló cabida, fué engañosa y de apariencia y al cabo hubo de retirarse mucho más desairada.
Estaban tripuladas todas tres, ponderando, como se usa, sus muchos méritos y su poca dicha, cuando llevado de su curiosidad el cortesano, se fué acercando lisonjero y, habiéndolas celebrado, significó su deseo de saber quiénes eran. Lo que es el palacio bien conocido lo tenían, como tan pateado.
Yo soy, dijo la primera, la que voy dando á todos los buenos días; mas ellos se los toman malos y los dan peores. Yo, la que hago abrir los ojos y á todo hombre que recuerde. Yo, la deseada de los enfermos y temida de los malos, la madre de la vividora alegría. Yo, aquella tan decantada esposa de Titón, que en este punto dejó el camarín de nácar.
Pues, señora Aurora, dijo el cortesano, ahora no me espanto de que no tengáis cabida en los palacios, donde no hay hora de oro, con ser todas tan pesadas. Ahí no hay mañana; todo es tarde. Díganlo las esperanzas. Y con ser así, nada es hoy; todo mañana. Así que no os canséis, que allí nunca amanece, aun para vos, por tan clara.