Volvióse á la segunda, que ya decía:

¿Nunca oiste nombrar aquella buena madre de un mal hijo? Pues yo soy y él es odio. Yo, la que, siendo tan buena, todos me quieren mal: cuando niños me babean y, como no les entro de los dientes adentro, me escupen cuando grandes. Tan esclarecida soy como la misma luz. Que, si no miente Luciano, hija soy, no ya del tiempo, sino del mismo Dios.

La hija
del tiempo.
Pues, señora mía, dijo el cortesano, si vos sois la Verdad ¿cómo pretendéis imposibles? ¿Vos en los palacios? Ni de mil leguas. ¿De qué pensáis que sirven tanta afilada cuchilla? Que no aseguran tanto de traiciones, no por cierto, cuanto de... de... Bien podéis por ahora y aun para siempre desistir de la empresa.

Ya en esto la tercera, dulcísimamente linda, robando corazones, dijo:

Aquélla soy, sin quien no hay felicidad en el mundo y con quien toda infelicidad se pasa. En las demás dichas de la vida se hallan muy divididas las ventajas del bien; pero en mí todas concurren, la honra, el gusto y el provecho. No tengo lugar, sino entre los buenos; que entre los malos, como dice Séneca, ni soy verdadera ni constante. Denomínome del Amor. Y así, á mí no me han de buscar en el vientre; sino en el corazón, centro de la benevolencia.

Ahora digo que eres la Amistad, aclamó el cortesano, tan dulce tú, cuan amarga la Verdad. Pero, aunque lisonjera, no te conocen los príncipes. Que sus amigos todos son del rey y ninguno de Alejandro: así lo decía él mismo. Tú haces de dos uno y es imposible poder ajustar el Amor á la Majestad.

Majestad,
sin amistad.
Paréceme, mis señoras, que todas tres podéis pasar adelante: tú, Aurora, á los trabajadores; tú, Amistad, á los semejantes, y tú, Verdad, yo no sé adonde.

Este crítico suceso les iba contando el noticioso Argos á nuestros dos peregrinos del mundo y les aseguró habérselo oído ponderar al mismo cortesano.

Aquí en este puesto, decía, que por eso me he acordado.

Hallábanse ya en lo más eminente de aquel puerto de la varonil edad, corona de la vida, tan superior, que pudieron señorear desde allí toda la humana: espectáculo tan importante, cuan agradable. Porque descubrían países nunca andados, regiones nunca vistas, como la del Valor y del Saber, las dos grandes provincias de la Virtud y la Honra, los países del Tener y del Poder, con el dilatado reino de la Fortuna y del Mando. Estancias todas muy de hombres y que á Andrenio se le hicieron bien estrañas.