La mejor vista. Mucho les valieron aquí sus cien ojos, que todos los emplearon. Vieron ya muchas personas, que es la mejor vista de cuantas hay. Perdóneme hoy la belleza; pero ¡cosa rara! que lo que á unos parecía blanco, á otros negro. Tal es la variedad de los juicios y gustos. Ni hay anteojos de colores, que así alteren los objetos, como los afectos.
Veamos de una cuanto hay, decía Critilo. Que todo se ha de ver y en lo más raro reparar.
Y comenzando por lo más lejos, que como digo, se descubría, no sólo desde un cabo del mundo al otro, pero desde el primer siglo hasta éste:
¿Qué insanos edificios son aquellos, hablando con la propiedad Mariana, que acullá lejos, apenas se divisan y á glorias campean?
Aquéllas, respondió Argos, que de todo daba razón en desengaños, son las siete maravillas del orbe.
¿Aquéllas, replicó Andrenio, maravillas? ¿Cómo es posible? ¿Una estatua, que se ve entre ellas pudo serlo?
¡Oh! sí, que fué coloso de un sol.
Aunque sea el sol mismo, si es una estatua, á mí no me maravilla.
El sol que nace. No fué tan estatua, que no fuese una bien política atención, adorando el sol que sale y levantando estatua al poder que amanece.
Desde ahora la venero. Aquel otro parece sepulcro. También es maravilla y bien estraña. ¿Cómo puede, siendo sepultura de un mortal?