¡Oh!, que fué de mármoles y jaspes.
Aunque fuera del mismo panteón.
¿No veis que lo erigió una mujer á su marido?
¡Oh qué bueno! Á trueque de enterrarle, no digo yo de pórfidos, pero de diamantes, de perlas, si no lágrimas, habría mujer, que le construyese pira.
Sí, pero aquello de ser mausoleo, que dice permanece sola, convertida en tortilla, creedme que fué un prodigio de fe.
Maravillas
modernas. ¡Eh!, dejemos maravillas, que caducan, dijo Andrenio. ¿No hay alguna moderna? ¿No hace ya milagros el mundo?
Sin duda que sí, como dicen que van degenerando los hombres y siendo más pequeños, cuanto más va. De suerte, que cada siglo merman un dedo y á este paso vendrán á parar en títeres y figurillas, que ya poco les falta á algunos. Sospecho que también los corazones se les van achicando y así se halla tanta falta de aquellos grandes sujetos, que conquistaban mundos, que fundaban ciudades, dándolas sus nombres, que era su real faciebat. Ya no hay Rómulos ni Alejandros ni Constantinos.
También se hallan algunas maravillas flamantes, respondió Argos; sino que, como se miran de cerca, no parecen.
Antes habían de verse más, que cuanto más de cerca se miran las cosas, mucho mayores parecen.
¡Oh! no, dijo Argos: que la vista de la estimación es muy diferente de la de los ojos en esto del aprecio.