Con todo eso, atención á aquellas sublimes agujas, que campean en la gran cabeza del orbe.

Aguarda, dijo Critilo: aquella tan señalada es la cabeza del mundo.

¿Cómo puede ser, si está entre pies de Europa, á pierna tendida de Italia, por medio del Mediterráneo y Nápoles su pie?

Ésa que te parece á ti andar entre pies de la tierra, es el cielo, la coronada cabeza del mundo y muy señora de todo él, Roma. la sacra y triunfante Roma, por su valor, sabiduría, grandeza, mando y religión, corte de personas, oficina de hombres, pues restituyéndolos á todo el mundo, todas las demás ciudades la son colonias de policía. Aquellos empinados obeliscos, que en sus plazas majestuosamente se ostentan, son plausibles maravillas modernas. Y advertid una cosa, que con ser tan gigantes, aun no llegan con mucho á la superioridad de prendas de sus santísimos dueños.

Ahora ¿no me dirás una verdad? ¿Qué pretendieron estos sacros héroes con estas agujas tan excelsas? Que aquí algún misterio apuntan, digno de su piadosa grandeza.

¡Oh, sí!, respondió Argos. Lo que pretendieron fué coser la tierra con el cielo, empresa que pareció imposible á los mismos Césares y éstos la consiguieron.

¿Qué estás mirando tú con tan juicioso reparo?

Venecia. Miro, dijo Andrenio, que en cada provincia hay que notar. Aquel murciégalo de ciudades, anfibia corte, que ni bien está en el mar ni bien en tierra y siempre á dos vertientes.

¡Oh, qué política!, exclamó Argos, que tan de sus principios le viene, tan fundamentalmente comienza. Y deste su raro modo de estar celebraba el bravo duque de Osuna la razón de su estado. Aquélla es la nombrada canal, con que aun el mismo mar saben traer acanalado á su conveniencia.

¿No hay maravillas en España?, dijo Critilo, volviendo la mira á su centro. ¿Qué ciudad es aquella, que tan en punta parece que amenaza al cielo?