Será Toledo, que á fianzas de sus discreciones, aspira á taladrar las estrellas, si bien ahora no la tiene.

¿Qué edificio tan raro es aquel, que desde el Tajo sube escalando su alcázar, encaramando cristales?

Ése es el tan celebrado artificio de Juanelo, una de las maravillas modernas.

No sé yo por qué, replicó Andrenio, si, al uso de las cosas muy artificiosas, tuvo más de gasto que de provecho.

Cardenal
Tribulcio.
No discurría así, dijo Argos, cuando lo vió el eminente discreto cardenal Tribulcio, pues dijo que no había habido en el mundo artificio de más utilidad.

¿Cómo pudo decir eso quien tan al acaso discurría?

Ahí veréis, dijo Argos. Enseñando á traer el agua á su molino desde sus principios, haciendo venir de un cauce en otro al palacio del católico monarca el mismo río de la Plata, las pesquerías de las perlas, el uno y otro mar, con la inmensa riqueza de ambas Indias.

¿Qué palacio será aquel, preguntó Critilo, que entre todos los de la Francia se corona de flores de oro?

Palacio del rey
de Francia.
Gran casa y gran cosa, respondió Argos. Ése es el trono real, ése la más brillante esfera, ése el primer palacio del rey cristianísimo, en su gran corte de París, y se llama el Lobero.

¿El Lobero? ¡Qué nombre tan poco cortesano! ¡Qué sonsonete tan de grosería! Por cualquier parte que le busquéis la denominación, suena poco y nada bien. Llamárase el jardín de los más fragantes lilios, el quinto cielo de tanto cristianísimo Marte, la popa de los soplos de la fortuna; pero ¡el Lobero! No es nombre decente á tanta majestad.