¡Eh!, que no lo entendéis, dijo Argos. Creedme que dice más de lo que suena y que encierra gran profundidad. Llámase el Lobero, y no voy con vuestra malicia, porque ahí se les ha armado siempre la trampa á los rebeldes lobos con piel de ovejas, digo aquellas horribles fieras hugonotas.

¡Oh, qué brillante alcázar aquel otro!, dijo Andrenio, corona de los demás edificios, fuente del lucimiento, comunicándoles á todos las luces de su permanente esplendor. ¿Si sería del augusto Ferdinando III, aquel gran César, que está hoy esparciendo por todo el orbe el resplandor de sus ejemplos? Rey de Polonia. También podría ser de aquel tan valerosamente religioso monarca, Juan Casimiro de Polonia, victorioso, primero de sí mismo y triunfante después de tanto monstruo rebelde. ¡Oh, qué claridad de alcázar y qué rayos está esparciendo á todas partes! Merece serlo del mismo sol.

Y lo es, respondió Argos. Digo, de aquella sola reina entre cuantas hay, la inmortal Virtelia. Mas por allí habéis de encaminaros para bien ir.

Yo allá voy desde luego, dijo Critilo.

Y allí veréis, añadió Argos, que, aunque es tan majestuoso y brillante, aun no es digno epiciclo de tanta belleza.

Estando en esta divertida fruición de grandezas, vieron venir hacia sí cierta maravilla corriente. Era un criado pronto. Y lo que más les admiró fué que decía bien de su amo. Preguntó en llegando cuál era el Argos verdadero, cuando todos por industria lo parecían.

¿Qué me quieres?, respondió el mismo.

Á ti me envía un caballero, cuyo nombre, ya fama, es Salastano, cuya casa es un teatro de prodigios, Maravillas
de la fortuna.
cuyo discreto empleo es lograr todas las maravillas, no sólo de la naturaleza y arte, pero más las de la Fama, no olvidando las de la Fortuna. Y con tener hoy atesoradas todas las plausibles, así antiguas como modernas, nada le satisface, hasta tener alguno de tus muchos ojos, para la admiración y para la enseñanza.

Toma éste de mi mano, dijo Argos, y llévaselo depositado en este cofrecillo de cristal Mano ocular. y dirásle que lo emplee en tocar con ocular mano todas las cosas, antes de creerlas.

Partíase tan diligente, como gustoso, cuando dijo Andrenio: