Aguarda, que me ha salteado una curiosa pasión de ver esa casa de Salastano y lograr tanto prodigio.

Y á mí, de procurar su amistad, añadió Critilo, ventajosa felicidad de la vida.

Id, confirmó Argos, y en tan buen hora, que no os pesará en toda la vida.

Fué el viaje peregrino, oyéndole referir cosas bien raras.

Sólo las que yo le he diligenciado, decía, pudieran admirar al mismo Plinio, á Gesnero y Aldobrando. Y dejando los materiales portentos de la naturaleza, allí veréis en fieles retratos todas las personas insignes de los siglos, así hombres como mujeres, que de verdad las hay; los sabios y los valerosos, los césares y las emperatrices, no ya en oro, que ésa es curiosidad ordinaria, sino en piedras preciosas y en camafeos.

Ésa, dijo Critilo, con vuestra licencia, la tengo por una diligencia inútil. Porque yo más querría ver retratados sus relevantes espíritus, que el material gesto, que comúnmente en los grandes hombres carece de belleza.

Uno y otro lograréis en caracteres de sus hazañas, en libros de su doctrina y en sus retratos también. Que suele decir mi amo que, después de la noticia de los ánimos, es parte del gusto ver el gesto, que de ordinario suele corresponder con los hechos. Y si por ver un hombre eminente, un duque de Alba, los entendidos, un Lope de Vega los vulgares, caminaban muchas leguas, apreciando las eminencias, aquí se caminan siglos.

Primor fué siempre de acertada política, ponderó Critilo, eternizar los varones insignes en estatuas, en sellos y en medallas, ya para ideas á los venideros, ya para premio á los pasados: véase que fueron hombres y que no son imposibles sus ejemplos.

Al fin, dijo el criado, háselos entregado la antigüedad á mi amo. Que ya que no los pudo eternizar en sí mismos, se consuela de conservarlos en imágenes. Cadenillas
de Hércules.
Pero las que muchos celebran y las miran y aun llegan á tocarlas con las manos son las mismas cadenillas de Hércules, que, procediéndole á él de la lengua, aprisionaban á los demás de los oídos. Y quieren decir las hubo de Antonio Pérez.

Ésa es una gran curiosidad, ponderó Andrenio, garabato para llevarse el mundo tras sí.