¡Oh, gran gracia la de las gentes!
¿Y de qué son?, preguntó Critilo. Porque de hierro cierto es que no serán.
En el sonido parecen de plata y en la estimación de perlas de una muy cortesana elocuencia.
Á este modo les fué refiriendo raras curiosidades, cuando descubrieron desde un puesto bien elevado, en el centro de un gran llano, una ciudad siempre victoriosa.
Huesca
victoriosa. Aquel ostentoso edificio con rumbos de palacio, dijo, es la noble casa de Salastano y éstos, que ya gozamos, sus jardines.
Fuélos introduciendo por un tan delicioso cuan dilatado parque, que coronaban frondosas plantas de Alcides, prometiéndole en sus hojas, por símbolos de los días, eternidades de fama. Comenzaron á registrar fragantes maravillas. Toparon luego con el mismo laberinto de azares, cárcel del secreto, amenazando riesgos al que le halla y evidencias al que le descubre.
Culto jardín. Más adelante se veía un estanque, gran espejo del cielo, surcado de canoros cisnes y aislado en medio dél un florido peñón, ya culto Pindo.
Paseábase la vista por aquellas calles entapizadas de rosas y mosquetas, alfombradas de amaranto, la yerba de los héroes, cuya propiedad es inmortalizarlos. Admiraron el lotos, planta también ilustre, que de raíces amargas de la virtud rinde los sabrosos frutos del honor.
Gozaron flores á toda variedad y todas raras, unas para la vista, otras para el olfato y otras hermosamente fragantes, acordando misteriosas transformaciones.
No registraban cosa, que no fuese rara. Hasta las sabandijas, tan comunes en otras huertas, aquí eran extraordinarias, porque estaban los camaleones en alcándaras de laureles, dándose hartazgos de vanidad. Volaban sin parar las efímeras, traídas del Bósforo, con sus cuatro alas, solicitando la comodidad para siglos, no habiendo de vivir sino un día, Símbolo
de la codicia. viva imagen de la necia codicia. Aquí se oían cantar y las más veces gemir las pintadas avecillas del paraíso, con picos de marfil; pero sin pies, porque no le han de hacer en cosa terrena. Sintieron un ruido, como de campanilla y al mismo instante huyó el criado, voceándoles su riesgo al ver el venenoso ceraste, que él mismo cecea, para que todo entendido huya de su lascivo aliento.