Entraron con esto dentro de la casa, donde parecía haber desembarcado la de Noé, teatro de prodigios tan á sazón, que estaba actualmente el discreto Salastano haciendo ostentación de maravillas á la curiosidad de ciertos caballeros, de los muchos que frecuentan sus camarines. Hallábase allí don Juan de Balboa, teniente de maese de campo general, y don Alonso de Mercado, capitán de corazas españolas, ambos muy bienhablados, tan alumnos de Minerva como de Belona, con otros de su discreción bizarra. Suspiros
de Heráclito.
Tenía uno en la mano, celebrando con lindo gusto, una redomilla llena de las lágrimas y suspiros de aquel filósofo llorón, que más abría los ojos para llorar, que para ver, cuando de todo se lamentaba.

¿Qué hiciera éste, si hubiera alcanzado estos nuestros tiempos?, ponderaba don Francisco de Araujo, capitán también de corazas, basta decir portugués para galante y entendido. Si él hubiera visto lo que nosotros pasado, tal fatalidad de sucesos y tal conjuración de monstruosidades, sin duda que hubiera llenado cien redomas ó se hubiera podrido de todo punto.

Carcajadas
de Demócrito.
Yo, dijo Balboa, más estimara un otro frasquillo de las carcajadas de aquel otro socarrón, su antípoda, que de todo se reía.

Ése, señor mío, de la risa, respondió Salastano, yo la gasto y el otro le guardo.

¡Oh, cómo llegamos á buen punto!, dijo el criado, presentándoles el nuevo ocular portento, para que se desengañe Critilo, que no acaba de creer haya en el mundo muchas de las cosas raras, que ha de ver esta tarde. Suplícote, señor, me desempeñes á excesos.

¿Pues en qué dudáis?, dijo Salastano, después de haber hecho la salva á su venida. ¿Qué os puede ya parecer imposible, viendo lo que pasa? ¿Qué queda ya que dudar en los ensanches de la fortuna, que ya los prodigios de la naturaleza y arte no suponen?

Yo os confieso, dijo Critilo, que he tenido siempre por un ingenioso embeleco el basilisco y no soy tan solo, que sea necio. Porque aquello de matar en viendo parece una exageración repugnante, en que el hecho está desmintiendo el testigo de vista.

¿En eso ponéis duda?, replicó Salastano. Pues advertid que ese no lo tengo por prodigio; sino por un mal cotidiano. Pluguiera al cielo no fuera tanta verdad.

Domésticos
basiliscos.
Y si no, decidme; ¿un médico, en viendo un enfermo, no le mata? ¿Qué veneno como el de su tinta en un récipe? ¿Qué basilisco más criminal y pagado, que un Hermócrates, que aun soñando mató á Andrágoras? Dígoos que dejan atrás á los mismos basiliscos, pues aquéllos, poniéndoles un cristal delante, ellos se matan á sí mismo; y éstos, poniéndoles un vidrio, que trajeron de un enfermo, con sólo mirarle le echan en la sepultura, estando cien leguas distante.

Déjenme ver el proceso, dice el abogado: quiero ver el testamento, veamos papeles.