Y tal es el ver, que acaba con la hacienda y con la sustancia del desdichado litigante, que en sólo haber ido á él ya fué malaconsejado. ¿Pues qué? un príncipe, con decir: yo lo veré ¿no deja consumido á un pretendiente? ¿No es basilisco mortal una belleza? Si la miráis, mal; y, si ella os mira, peor. ¿Con cuántos ha acabado aquel vulgar veremos, el pesado veámonos, el prolijo verse ha y el necio ya lo tengo visto? ¿Y todo, malmirado, no mata? Creedme, señores, que está el mundo lleno de basiliscos del ver y aun del no ver, por no ver y no mirar. Así estuvieran todos como éste.

Y mostróles uno embalsamado.

Basiliscos ciegos. Yo también, prosiguió Andrenio, siempre he tenido por un encarecimiento ingenioso el unicornio, aquello de que, en bañando él su punta, al punto purifica las emponzoñadas aguas: está bien inventado, mas no experimentado.

Más dificultoso es eso, respondió Salastano. Porque hacer bien más raro es en el mundo que hacer mal, más usado el matar que el dar vida; con todo veneramos algunos de esos prodigios salutíferos, que con la eficacia de su buen celo han ahuyentado los pestilenciales venenos y purificado las aguas populosas.

Católicos
unicornios.
Y si no decidme: aquel nuestro inmortal héroe, el rey católico don Fernando, ¿no purificó á España de moros y de judíos, siendo hoy el reino más católico, que reconoce la Iglesia? El rey don Felipe el Dichoso, por ser bueno, ¿no purgó otra vez á España del veneno de los moriscos en nuestros días?

¿No fueron éstos salutíferos unicornios? Bien es verdad que en otras provincias no se hallan así frecuentes ni tan eficaces como en ésta. Que si eso fuera, no hubiera ya ateismos donde yo sé ni herejías donde yo callo, cismas, gentilismos, perfidias, sodomías y otros mil géneros de monstruosidades.

¡Oh, señor Salastano, replicó Critilo, que ya hemos visto algunos déstos en otras partes, que han procurado con cristianísimo valor debelar las oficinas del veneno, rebelde á Dios y al rey, donde se habían hecho fuertes estas ponzoñosas sabandijas!

Yo lo confieso, dijo Salastano; pero temo no fuese más por razón de estado, digo, no tanto por ser rebeldes al cielo, cuanto á la tierra. Y si no, decidme ¿á qué otros reinos estraños los desterraron? ¿Qué Áfricas poblaron de herejes, como Filipo de moriscos? ¿Qué tributos á millones perdieron, como Fernando? ¿Qué Ginebras han arrasado? ¿Qué Moravias despoblado, como hoy día el piadoso Ferdinando?

No os canséis, que esa pureza de fe, ponderó Balboa, sin consentir mezcla, sin sufrir un átomo de veneno infiel, creedme que es felicidad de los estados de la casa de España y de Austria, debida á sus coronados unicornios.

Á cuyo real ejemplo, prosiguió Salastano, vemos sus cristianos generales y virreyes limpiar las provincias, que gobiernan, y los ejércitos que conducen, del veneno de los vicios. Don Álvaro
de Sande.
Don Gonzalo
de Córdoba.
Conde
de Oropesa.
Don Álvaro de Sande, tan religioso como valiente ¿no desterró los juramentos de la católica milicia, condenándolos á infamia? Don Gonzalo de Córdoba ¿no purificó los ejércitos de insultos y de torpezas? El duque de Alburquerque en Cataluña y el conde de Oropesa en Valencia ¿no libraron aquellos dos reinos, siendo justicieros presidentes, del veneno sanguinario y bandolero? Conde
de Lemos.
¿Qué tósigos de vicios no ha ahuyentado deste nuestro reino de Aragón con su ejemplo y con su celo el inmortal conde de Lemos?