Llegaos á este camarín, que os quiero franquear los muchos preservativos y contravenenos, que yo guardo. En este rico vaso de unicornio han brindado la pureza de la fe los católicos reyes de España. Estas arracadas, también de unicornio, traía la señora reina doña Isabel, para guardar el oído de la ponzoña de las informaciones malévolas. Con este anillo confortaba su invicto corazón el emperador Carlos V. Reinas
de España. En esta caja, confeccionada de aromas, llegaos y percibid su fragancia, han conservado siempre el buen nombre de su honestidad y recato las señoras reinas de España.
Fuéles mostrando otras muchas piezas muy preciosas, haciendo la prueba y confesando todos su virtud eficaz.
¿Qué dos puñales son aquellos, que están en el suelo, preguntó Araujo, que, aunque van por tierra, no carecen de misterios?
Ésos fueron, respondió Salastano, los puñales de ambos brutos, dándoles del pie, sin quererlos tocar con su leal mano. Éste, dijo, fué de Junio y este otro de Marco.
Con razón los tenéis en tan despreciable lugar, que no merecen otro las traiciones y más contra su rey y señor; aunque sea el monstruo Tarquinado.
Decís bien, respondió Salastano; pero no es esa la razón principal por que los he arrojado en el suelo.
¿Pues cuál será?
Porque ya no admiran. En otro tiempo, por singulares, se podían guardar. Mas ya no suponen, no espantan ya; antes son niñería, después que un cuchillo infame en la mano de un verdugo, mandado de la malajustada justicia, llegó á la real garganta. Pero no me atrevo yo á referir lo que ellos á ejecutar. Erízanse los cabellos á cuantos lo oyeron, oyen y oirán, único, no ejemplar, sino monstruo. Sólo digo que ya los Brutos se han quedado muy atrás.
Monstruosidad
de la herejía. Algunas cosas tenéis aquí, señor Salastano, que no merecen estar entre las demás, dijo Critilo. Mucha desigualdad hay. Porque ¿de qué sirve aquel retorcido caracol, que allí tenéis? Una alhaja tan vil, que anda ya en bocas de villanos, para recoger bestias. ¡Eh!, sacadle de allí, que no vale un caracol.
Aquí, suspirando Salastano, dijo: ¡Oh, tiempos! ¡oh, costumbres! Este mismo, ahora tan profanado, en aquel dorado siglo resonaba por todo el orbe en la boca de Tritón, pregonando las hazañas, llamando á ser personas y convocando los hombres á ser héroes.