Mas si eso os parece civil reparo, quiero mostraros el prodigio, que yo más estimo. Hoy habéis de ver los bizarrísimos airones, los encrespados penachos del mismo fénix.
Aquí, sonriéndose todos: ¿Qué otro ingenioso imposible es ese?, dijeron.
Pero Salastano: Ya sé que muchos lo niegan y los más lo dudan y que no lo habéis de creer; mas yo quedaré satisfecho con mi verdad. Yo también á los principios dudé y más que en nuestro siglo lo hubiese. Con esta curiosidad no perdoné ni á diligencia ni á dinero. Y como éste da alcance á cuanto hay y aun á los mismos imposibles, haciendo reales los entes de razón, hallé que verdaderamente las hay y las ha habido. Bien que raras y una sola en cada siglo.
Y si no, decidme: ¿cuántos Alejandros Magnos ha habido en el mundo? ¿Cuántos Julios en tantos Agostos? ¿Qué Teodosios? ¿Qué Trajanos? En cada familia, si bien lo censuráis, no hallaréis sino un fénix. Y si no, pregunto: ¿Cuántos don Hernandos de Toledo ha habido, duques de Alba? ¿Cuántos Anas de Memoransi? ¿Cuántos Álvaros Bazanes, marqueses de Santa Cruz? Un solo marqués del Valle admiramos; un Gran Capitán, duque de Sesa, aplaudimos; un Basco de Gama y un Alburquerque celebramos. Fénix
de la fama. Hasta de un nombre no oiréis dos famosos. Sólo un don Manuel, rey de Portugal; un solo Carlos V y un Francisco I de Francia.
En cada linaje no suele haber sino un hombre docto, un valiente y un rico y éste yo lo creo, porque las riquezas no envejecen. En cada siglo no se ha conocido sino un orador perfecto, confiesa el mismo Tulio. Y un filósofo, un gran poeta, un solo fénix ha habido en muchas provincias, como un Carlos en Borgoña, Castrioto en Chipre, Cosme en Florencia y don Alfonso el Magnánimo en Nápoles. Y aunque este nuestro siglo ha sido tan pobre de eminencias en la realidad, con todo eso, quiero ostentar las plumas de algunos inmortales fénix. Ésta es.
Y sacó una, bellísimamente coronada, la pluma de la fama de la reina nuestra señora doña Isabel de Borbón, que siempre lo han sido las Isabeles en España, con excepción de la singularidad. Con esta otra voló á la esfera de la inmortalidad la más preciosa y más fecunda Margarita. Marqués Espínola.
Don Felipe
de Silva. Con éstas coronaban sus celadas el marqués Espínola, Galaso, Picolomini, don Felipe de Silva y hoy el de Mortara. Con estas otras escribieron Baronio, Belarmino, Barbosa, Lugo y Diana y con ésta el marqués Virgilio Malveci.
Confesaron todos la enterísima verdad y convirtieron sus incredulidades en aplausos.
Todo eso está bien, replicó Critilo; sola una cosa yo no puedo acabar de creer, aunque muchos la afirman.
¿Y qué es?, preguntó Salastano. No hay que tratar, que yo la he de conceder.
¡Eh! que no es posible, no os canséis, que no lleva camino.