¿Es acaso aquel pescadillo tan vil y tan sin jugo, sin sabor y sin ser, que en fe de su flaqueza ha detenido tantas veces los navíos de alto bordo, las mismas capitanas reales, que iban viento en popa al puerto de su fama? Porque ése aquí le tengo yo acecinado.
No es, sino aquel prodigio de la mentira, aquel superlativo embeleco, aquel mayor imposible: el pelícano. Yo confieso que hay basilisco, yo creo el unicornio, yo celebro el fénix, yo paso por todo; pero el pelícano no le puedo tragar.
¿Pues en qué reparáis? ¿Por ventura en el picarse el pecho, alimentando con sus entrañas los polluelos?
No por cierto: ya yo veo que es padre y que el amor obra tales excesos.
¿Dudáis acaso en que ahogados de la envidia los resucite?
Menos: que, si la sangre hierve, obra milagros.
¿Pues en qué reparáis?
Yo os lo diré. En que haya en el mundo quien no sea entremetido, que se halle uno, que no guste de hablar, que no mienta, no murmure, no enrede, que viva sin embeleco: eso yo no lo he de creer.
Pues advertid que ese pájaro solitario en nuestros días lo vimos en el Retiro entre otras aladas maravillas.
Si eso es así, dijo Critilo, él dejó de ser ermitaño y se puso á entremetido.