La primera pregunta que el francés les hizo, aun antes de saludarlos, viendo que iban de España, fué si había llegado la flota. Respondiéronle que sí y muy rica. Y cuando creyeron se había de desazonar mucho con la nueva, fué tan al contrario, que comenzó á dar saltos de placer, haciéndose son á sí mismo. Admirado Andrenio, le preguntó.
¿Pues deso te alegras tú, siendo francés?
Y él: ¿Por qué no, cuando las más remotas naciones la festejan?
¿Pues de qué provecho le es á Francia que enriquezca España y se le aumente su potencia?
Efectos
de la flota. ¡Oh qué bueno está eso! dijo el monsiur. ¿No sabéis vosotros que un año, que no vino la flota por cierto incidente, no le pudieron hacer guerra al Rey Católico ninguno de sus enemigos? Y ahora frescamente, cuando se ha alterado algo la plata del Perú, ¿no se han turbado todos los príncipes de la Europa y todos sus reinos con ellos? Creedme que los españoles brindan flotas de oro y plata á la sed de todo el mundo. Y pues venís de España, muchos doblones traeréis.
No por cierto, respondió Critilo: de lo que menos habemos cuidado.
¡Pobres de vosotros, qué perdidos venís!, exclamó el francés. Basta que aún no sabéis vivir con ir tan adelante, que hay muchos, que aun á la vejez no han comenzado á vivir. ¿No sabéis, que el hombre da principio á la vida por el deleite cuando mozo, pasa al provecho ya hombre, y acaba viejo por la honra?
Venimos, le dijeron, en busca de una reina, que si por gran dicha nuestra la topamos, nos han asegurado que con ella hallaremos cuanto bien se puede desear. Y aun decía uno que todos los bienes le habían entrado á la par con ella.
¿Cómo decís que se nombra?
Sí, que bien nombrada es: la plausible Sofisbella.