La sabiduría. Ya sé quién decís. Ésa en otro tiempo bien estimada era en todo el mundo, por su mucha discreción y prendas; mas ya por pobre no hay quien haga caso ni casa della. En viéndola sin dote, sin oro y plata, muchos la tienen por necia y todos por infeliz. Es cosa de cuento todo lo que no es de cuenta. Entendedme una cosa, que no hay otro saber como el tener y el que tiene es sabio, es galán, valiente, noble, discreto y poderoso, es príncipe, es rey y será cuanto él quisiere. Lástima me hacéis de veros tan hombres y tan poco personas. Ahora venid conmigo. Echaremos por el atajo del valer, que aún tendréis remedio.
¿Dónde nos piensas llevar?
Donde halléis hombres, lo que mozos despreciasteis. ¡Cómo se echa de ver que no sabéis vosotros en qué siglo vivís! Vamos andando, que yo os lo diré. Y preguntó:
Qué siglo este. ¿En cuál pensáis vivir, en el del oro ó en el de lodo?
Yo diría, respondió Critilo, que en el de hierro. Con tantos, todo anda errado en el mundo y todo al revés, si ya no es el de bronce, que es peor con tanto cañón y bombarda. Todo ardiendo en guerras: no se oye otro que sitios, asaltos, batallas, degüellos, que hasta las mismas entrañas parece se han vuelto de bronce.
No faltará quien diga, respondió Andrenio, que es el siglo de cobre y no de pague; mas yo digo que el de lodo, cuando todo lo veo puesto dél: tanta inmundicia de costumbres, todo lo bueno por tierra. La virtud dió en el suelo con su letrero: ¡Aquí yace! La basura á caballo, los muladares dorados y, al cabo al cabo, todo hombre es barro.
No decís cosa, replicó el francés. Asegúroos que no es sino el siglo de oro.
Mira quien tal creyera.
Sólo el oro es el estimado, el buscado, el adorado y querido. No se hace caso de otro, todo va á parar en él y por él y así dice bien, cuando más mal, aquel público maldiciente: tuti tiramo à questo diavolo di argento.
Relucía ya y de muy lejos uno como palacio grande; pero no magnífico, y tan lindo como un oro. Reparó luego Andrenio y dijo: