¡Qué rica cosa y casa! Parece una ascua de oro: así luce y así quema.

¿Qué mucho, si lo es?, respondió el monsiur, bailando de contento.

Que como al dar llaman ellos bailar, siempre andan bailando.

¿Todo el palacio es de oro?, preguntó Critilo.

Todo, desde el fundamento hasta el tejado, por dentro y fuera. Y cuanto hay en él todo es oro y todo plata.

Muy sospechoso se me hace, dijo Critilo: que la riqueza es gran comadre del vicio y aun se dice vive mal con él. ¿Pero de dónde han podido juntar tanto oro y tanta plata? Que parece imposible.

¿Cómo de dónde? Pues, si España no hubiera tenido los desaguaderos de Flandes, las sangrías de Italia, los sumideros de Francia, las sanguijuelas de Génova, ¿no estuvieran hoy todas sus ciudades enladrilladas de oro y muradas de plata? ¿Qué duda hay en eso? Á más de que el poderoso dueño, que en este palacio mora, tiene tal virtud, no sé yo si dada del cielo ó tomada de la tierra, que todo cuanto toca, si con la mano izquierda, la convierte en plata, y, si con la derecha, en oro.

¡Eh!, monsiur, dijo Critilo, que ésa fué una novela tan antigua como necia de cierto rey, llamado Midas, tan sin medida ni tasa en su codicia, que al cabo, como suelen todos los ricos, murió de hambre, siendo su enfermedad de ahito.

¡Cómo, que es fábula!, dijo el francés. No es sino verdad tan cierta, como practicada hoy en el mundo. Midas al uso. ¿Pues qué, es nuevo convertir un hombre en oro cuanto toca? Con una palmada, que da un letrado en un Bártulo, cuyo eco resuena allá en el bartolomico del pleiteante, ¿no hace saltar los ciento y los doscientos al punto y no de la dificultad? Advertid que jamás da palmada en vacío y, aunque estudia en Baldo, no es de balde su ciencia.

Un médico, pulsando ¿no se hace él de oro y á los otros de tierra? ¿Hay vara de virtudes como la del alguacil y la pluma del escribano y más de un secretario, que por encantado que esté el tesoro, por más guardado, lo sacan bajo tierra? ¿Las vanas Venus de la belleza, cuando más tocadas y prendidas, no convierten en oro la inmundicia de su torpeza? Hombre hay, que con sola una pulgada que da, convierte en el oro más pesado el hierro más pesado. Al tocar de las cajas ¿no anda la milicia más á la rebatiña, que al rebato? Las pulgadas del mercader, ¿no convierten en oro la seda y la holanda?