Creedme, que hay muchos Midas en el mundo: así los llama él, cuando más desmedidos andan, que todo se ha de entender al contrario. El interés es el rey de los vicios, á quien todos sirven y le obedecen. Y así, no os admiréis que yo diga que el príncipe, que allí vive, convierte en oro cuanto toca. Y una de las causas, porque yo voy allá, es para que me toque también y me haga de oro.
Monsiur, instó Andrenio, ¿cómo puede vivir dese modo?
Muy bien.
Pues díme, ¿no se le convierte en oro el manjar, así como le toca?
Buen remedio: calzarse unos buenos guantes, que muchos hoy comen dellos y con ellos.
Sí; pero, en llegando á la boca el manjar, en comenzándole á mascar, ¿no se le ha de volver todo oro, sin poderlo tragar?
¡Oh, qué mal discurres!, dijo el francés. Ese melindre fué allá en otro tiempo; no se embarazan tanto ya las gentes. Oro potable. Ya se ha hallado traza cómo hacer el oro potable y comestible, ya dél se confeccionan bebidas, que confortan el corazón y alegran grandemente. Ni falta quien ha inventado el hacer caldo de doblones y dicen es tan sustancial, que basta á resucitar un muerto; que eso de alargar la vida es niñería. Demás de que hoy viven millares de miserables de no querer comer. Todo lo que no comen ni beben ni visten dicen que lo convierten en oro. Ahorran, porque no se aforran. Mátanse de hambre á sí y á sus familias y de matarse viven.
Con esto se fueron acercando y descubrieron á las puertas muchas guardas que, á más de estar armadas todas con espaldares castellanos contra los petos gallegos, eran tan inexorables, que no dejaban llegar á ninguno ni de cien leguas. Y si alguno porfiaba en querer entrar, arrojábanle un no, salido de una cara de hierro, que no hay bala que así atraviese y deje sin habla al más osado.
¿Cómo haremos para entrar, dijo Andrenio: que cada guarda de éstas parece un Nerón sincopado y aun más cruel?
No os embarace eso, dijo el francés: que esta guarda sólo es guarda de la juventud. No dejan entrar los mozos.