Y así era, que por ningún caso los dejaban entrar en la hacienda. Á todos se les vinculaban, hasta ser hombres; pero de treinta años arriba las franqueaban á todo hombre, si ya no fuese algún jugador, descuidado, gastador ó castellano, gente toda de la cofradía del hijo pródigo. Mas á los viejos, á los franceses y catalanes, puerta franca y aun les convidaban con el manejo. Con esto, viéndolos ya tan hombres y tan á la francesa, sin dificultad alguna los dejaron pasar. Puertas
del interés. Pero luego hubo otro tope y mayor, que á más de ser las puertas de bronce y más duras que las entrañas de un rico, de un cómitre, de una madrastra, de un genovés, que es más que todo, estaban cerradas y muy atrancadas con barras catalanas y candados vizcaínos. Y aunque llegaban unos y otros á llamar, nadie respondía ni á propósito mucho menos correspondía.
Mira, decía uno, que soy tu pariente.
Y respondía el de adentro:
Más quiero mis dientes, que mis parientes. Cuando yo era pobre, no tenía parientes ni conocidos, que quien no tiene sangre, no tiene consanguíneos, y ahora me nacen como hongos y se pegan como lapa.
¿No me conoces, que soy tu amigo?, gritaba otro.
Y respondíanle:
En tiempo de higos, higas.
Con mucha cortesía rogaba un gentilhombre y respondía un villano: Ahora, que tengo, todos me dicen: Norabuena estéis Pedro.
¿Pues á tu padre?, decía un viejo.
Y el hijo respondía: