En esta casa no se tiene ley con nadie.
Al contrario, rogaba á su padre un hijo le dejase entrar y él respondía:
Eso no, mientras yo viva.
Ninguno se ahorraba con el otro, ni hermanos con hermanos, ni padres con hijos: ¿pues qué sería suegras con nueras? Oyendo esto, desconfiaron de todo punto de poder entrar. Trataban de tomarse la honra, si no el provecho, cuando el francés les dijo:
¡Qué presto desmayáis! ¿No entraron los que están dentro? Pues no nos faltará traza á nosotros. Dinero no falte y trampa adelante.
Mostróles una valiente maza, que estaba pendiente de una dorada cencerra:
Miradla bien, dijo: que en ella consiste nuestro remedio. ¿Cúya pensáis que es?
Si fuera de hierro y con sus puntas aceradas, dijo Critilo, aun creyera yo era la clava de Hércules.
¿Cómo de Hércules?, dijo el francés. Fué juguete aquélla, fué un melindre, respecto désta y todo cuanto el ahijado de Juno obró con ella fué niñería.
¿Cómo hablas así, monsiur, de una tan famosa y tan celebrada clava?