Así fué. Que, en diciendo uno Jesús, dando la última boqueada, se desvaneció toda su pompa, como si fuera sueño. Tanto que, despertando los varones de las riquezas y mirándose á las manos, las hallaron vacías. Todo paró en sombra y en asombro y fué un espectáculo bien horrible ver que, los que antes eran estimados por reyes, ahora fueron reídos. La muerte
de blanco.
Los monarcas, arrastrando púrpuras, las reinas y las damas rozando galas, los señores recamados, todos se quedaron en blanco. Y por no haber dado en él. No ya ocupaban tronos de marfil; sino tumbas de luto. De sus joyas sólo quedó el eco en hoyas y sepulcros.

Las sedas y damascos fueron ascos. Las piedras finas se trocaron en losas frías, las sartas de perlas en lágrimas. Los cabellos tan rizados, ya erizados. Los olores, hedores; los perfumes, humos. Todo aquel encanto paró en canto y en responso y los ecos de la vida, en huecos de la muerte. Las alegrías fueron pésames, porque no les pesa más la herencia á los que quedan. Y toda aquella máquina de viento en un cerrar y abrir de ojos se resolvió en nada.

Quedaron nuestros dos peregrinos más vivos, cuando más muertos. Pues desengañados, preguntáronle á su remediador alado dónde estaban. Y él les dijo que muy hallados, pues en sí mismos. Propúsoles si le querían seguir al palacio de la discreta Sofisbella, donde él iba y donde hallarían la perfecta libertad. Ellos, que no deseaban otra cosa, le rogaron que, pues había sido su libertador, les fuese guía. Preguntáronle si conocía aquella sabia reina.

Luego que me vi con alas, respondió, y vamos caminando, determiné ser suyo. Son pocos los que la buscan y menos los que la hallan. Discurrí por todas las más célebres Universidades sin poder descubrirla. Que, aunque muchos son sabios en latín, suelen ser grandes necios en romance. Pasé por las casas de algunos, que el vulgo llama letrados; pero, como me veían sin dinero, decíanme leyes. Fénix sabia. Hablé con muchos tenidos por sabios; mas entre muchos doctores no hallé un docto. Finalmente conocí que iba perdido y me desengañé. Que de sabiduría y de bondad no hay sino la mitad de la mitad y aun de todo lo bueno.

Mas, como voy volando por todas partes, he descubierto un palacio, fabricado de cristales, bañado de resplandores, cambiando luces. Si en alguna estancia se ha de hallar esta gran reina, ha de ser en este centro, porque ya acabó la docta Atenas y pereció la culta Corinto.

Oyóse en esto una confusa vocería, vulgar aplauso de una insolente turba, que asomaba. Pararon al punto y repararon en un chabacano monstruo, que venía atrancando sendas, seguido de innumerable turba. ¡Estraña catadura! La primera mitad de hombre y la otra de serpiente. De modo, que de medio arriba miraba al cielo y de medio abajo iba arrastrando por tierra. Conocióle luego el varón alado y previno á sus camaradas le dejasen pasar, sin hacer caso ni preguntar cosa. Mas Andrenio no pudo contenerse, que no preguntase á uno del gran séquito quién era aquel serpihombre.

¿Quién ha de ser, le respondió, sino quien sabe más que las culebras? Éste es el sabio de todos, el milagro del vulgo y éste es el pozo de ciencia.

Bachillería
del mundo,
necedad del cielo.
Tú te engañas y le engañas, replicó el alado: que no es sino uno, que sabe al uso del mundo. Que todo su saber es estulticia del cielo. Éste es de aquellos, que saben para todos y no para sí, pues siempre andan arrastrados. Éste es el que habla más y sabe menos. Y éste es el necio, que sabe todas las cosas malsabidas.

¿Y dónde os lleva?, preguntó Andrenio.

Sabios
de fortuna.
¿Dónde? Á ser sabios de fortuna.