Estrañó mucho el término y replicóle:
¿Qué cosa es ser sabio de ventura?
Uno, que sin haber estudiado, es tenido por docto, sin cansarse es sabio, sin haberse quemado las cejas trae barba autorizada, sin haber sacudido el polvo á los libros levanta polvaredas, sin haberse desvelado es muy lucido, sin haberse trasnochado ni madrugado ha cobrado buena fama. Al fin él es un oráculo del vulgo y que todos han dado en decir que sabe sin saberlo. ¿Nunca has oído decir: ventura te dé Dios, hijo? Pues éste es el mismo y nosotros lo pensamos también ser.
Mucho le contentó á Andrenio aquello de saber sin estudiar, letras sin sangre, fama sin sudor, atajo sin trabajo, valer de balde. Y traído del gran séquito, que el plausible sabio arrastraba, hasta de carrozas, literas y caballos, ceceándole todos y brindándole con el descanso, volviéndose á sus compañeros les dijo:
¡Amigos, vivir un poco más y saber un poco menos!
Y metióse entre sus tropas, que al punto desaparecieron.
¡Basta!, dijo el varón alado al atónito Critilo. Que el verdadero saber es de pocos. Consuélate, que más presto le hallarás tú á él, que él á ti, con que tú serás el hallado y él el perdido.
Quisiera ir en busca suya Critilo; mas viendo ya brillar el gran palacio, que buscaban, olvidado aun de sí mismo y sin poder apartar los ojos dél, caminó allá embelesado. Campeaba, sin poder esconderse, en una clarísima eminencia, señoreando cuanto hay. Palacio del
entendimiento. Era su arquitectura extremo del artificio y de la belleza, engolfado en luces y á todas ellas, que para recibirlas bien, á más de ser diáfanas sus paredes y toda su materia transparente, tenía muchas claraboyas, balcones rasgados y ventanas patentes. Todo era luz y todo claridad. Cuando llegaron cerca, vieron algunos hombres, que lo eran, que estaban como adobando y besando sus paredes; pero, mirándolo mejor, advirtieron que las lamían y, sacando algunas cortezas, las mascaban y se paladeaban con ellas.
¿De qué provecho puede ser eso?, dijo Critilo.
Y uno dellos: Por lo menos es de sumo gusto.