Y convidóle con un terrón limpio y transparente que, en llegándole á la boca, conoció era sal y muy sabrosa y, los que imaginaron cristales, no lo eran, sino sales gustosísimas.

Estaba la puerta siempre patente, con que no entraban sino personas y ésas bien raras. Vestíanla hiedras y coronábanla laureles, con muchas inscripciones ingeniosas por toda la majestuosa fachada. Entraron dentro y admiraron un espacioso patio muy á lo señor, coronado de columnas tan firmes y tan eternas, que les aseguró el varón alado podían sustentar el mundo y algunas dellas el cielo, siendo cada una un non plus ultra de su siglo.

Percibieron luego una armonía tan dulce, que tiranizaba, no sólo los ánimos, pero las mismas cosas inanimadas, atrayendo á sí los peñascos y las fieras. Dudaron si sería su autor el mismo Orfeo y con esa curiosidad fueron entrando por un majestuoso salón muy capaz, en quien los copos de la nieve en marfiles y las ascuas de oro en piñas maravillosamente se atemperaban para construir su belleza.

Aquí los recibieron y aun cortejaron el buen gusto y el buen genio y, con el agrado que suelen, los condujeron á la agradable presencia de un sol humano, que parecía mujer divina. Estaba animando un tan suave plectro, que les aseguraron, no sólo hacía inmortales los vicios, pero que daba vida á los muertos, componía los ánimos, sosegaba los espíritus, aunque tal vez los encendía en el furor bélico, que no hiciera más el mismo Homero. Llegaron ya á saludarla entre las fruiciones de verla; pero más de oirla. Y ella, en honra de sus peregrinos huéspedes, hizo alarde de armonía. Nicho
de la poesía.
Estaba rodeada de varios instrumentos, todos ellos muy sonoros. Mas, suspendiendo los antiguos, aunque tan suaves, fué echando mano de los modernos. El primero, que pulsó, fué una culta cítara, haciendo extremada armonía; aunque la percibían pocos, que no era para muchos. Con todo, notaron en ella una desproporción harto considerable que, aunque sus cuerdas eran de oro finísimo y muy sutiles, la materia de que se componía, debiendo ser de un marfil terso, de un ébano bruñido, era de haya y aun más común. Advirtió el reparo la conceptuosa ninfa y con un regalado suspiro, les dijo:

Si en este culto plectro cordobés hubiera correspondido la moral enseñanza á la heroica composición, los asuntos graves á la cultura de su estilo, la materia y bizarría del verso á la sutileza de sus conceptos, no digo yo de marfil, pero de un finísimo diamante merecía formarse su concha.

Tomó ya un italiano rabel, tan dulce, que al pasar el arco pareció suspender la misma armonía de los cielos, si bien para ser pastoril y tan Fido, pareció sobradamente conceptuoso. Tenía muy á mano dos laúdes, tan igualmente acordes, que parecían hermanos.

Éstos, dijo, son graves por lo aragoneses. Puédelos oir el más severo Catón sin nota de liviandad. En el metro tercero son los primeros del mundo; pero en el cuarto, ni aun quintos.

Vieron una arquicítara de extremada composición, de maravillosa traza. Y aunque estaba bajo de otra; pero en el material artificio ni ésta la cedía ni aquélla en la invención la excedía. Y así dijo el alma de los instrumentos:

Si el Ariosto hubiera atendido á las morales alegorías, como Homero, de verdad que no le fuera inferior.

Resonaba mucho y embarazaba á muchos un instrumento, que unieron cáñamo y cera. Parecía órgano por lo desigual y era compuesto de las cañas de Siringa, cogidas en la más fértil vega. Llenábanse de viento popular; mas con todo este aplauso, no les satisfizo y dijo entonces la poética Belleza.