Pues sabed que éste, en aquel tiempo desaliñado, fué bien oído y llenó, por lo plausible, todos los teatros de España.

Descolgó una vihuela tan de marfil, que afrentaba la misma nieve; pero tan fría, que al punto se le helaron los dedos y hubo de dejarla, diciendo:

En estas rimas del Petrarca se ven unidos dos extremos, que son su mucha frialdad con el amoroso fuego.

Colgóla junto á otras dos, muy sus semejantes, de quienes dijo:

Éstas más se suspenden, que suspenden.

Y en secreto confesóles eran del Dante Aligero y del español Boscán. Pero entre tan graves plectros, vieron unas tejuelas picariles, de que se escandalizaron mucho.

No las estrañéis, les dijo: que son muy donosas. Con éstas espantaba sus dolores Marica en el hospital.

Tañó con indecible melodía unas folías á una lira conceptuosa, que todos celebraron mucho y con razón:

Bástale, dijo, ser plectro portugués, tiernamente regalado, que él mismo se está diciendo el que amo es.

Gustaron no poco de ver una gaita y aun ella la animó con lindo gusto; aunque descompuso algo de su gran belleza y dijo: