Pues de verdad que fué de una musa princesa, á cuyo son solía bailar Gila en la noche de aquel santo.
Grande asco les causó ver una tiorba italiana, llena de suciedad y que frescamente parecía haber caído en algún cieno y, sin osarla tocar, cuanto menos tañer, la recatada ninfa, dijo:
Lástima es que este culto plectro del Marino haya dado en tanta inmundicia lasciva.
Estaba un laúd real artificiosamente fabricado en un puesto oscuro; con todo, despedía gran resplandor de sí y de muchas piedras preciosas, de que estaba todo él esmaltado:
Éste, ponderó, solía hacer un tan regalado son, que los mismos reyes se dignaban de escucharle. Y aunque no ha salido á luz en estampa, luce tanto, que dél se puede decir:
¡El alba es que sale!
Allí vieron un culto instrumento, coronado del mismo laurel de Apolo; aunque algunos no lo creían. Oyeron una muy gustosa zampoña; mas, por tener cáncer la musa que la tocaba, á cada concepto se le equivocaban las voces. Hacíase bien de sentir una lira, aunque mediana, mas en lo satírico, superior, y dábase á entender latinizando. Otro oyeron de feliz arte; mas dudaron si su prosa era verso y si su verso prosa. Vieron en un rincón muchos otros instrumentos, que con ser nuevos y acabados de hacer, estaban ya acabados y cubiertos de polvo. Admirado Critilo dijo:
¿Por qué, oh gran reina del Parnaso, éstos tan presto los arrimas?
Y ella: Porque rimas, todos se arriman á ellas, como más fáciles; pocos imitan á Homero y á Virgilio en los graves y heroicos poemas.
Para mí tengo, dijo Critilo, que Horacio los perdió, cuando más los quiso ganar, desanimándolos con sus rigorosos preceptos.