Y así notaron que llegó un personaje, ofreciendo por una gran suma de dinero: y no sólo no se la concedió; sino que le cargó la mano, diciéndole que estos libros para ser buenos han de ser libres ni se vuela á la eternidad en plumas alquiladas.

Replicaron otros se la diese, que antes sería para más ignominia suya.

Eso no, respondió la eterna Historia: no conviene. Porque, aunque ahora sería reída, de aquí á cien años será creída. Con esta misma atención á ninguno daba pluma, que no fuese después de cincuenta años de muerto, y á todo muerto, pluma viva. Con lo cual ni Tiberio el astuto ni Nerón el inhumano pudieron escaparse de lo de Cornelio de Tácito.

Fué á sacar una buena, para que un escritor grande escribiese de un gran príncipe y, porque la vió algo que untada de oro, la arrojó con desaire, con que había escrito aquella misma otras cosas harto plausiblemente y dijo:

Creedme que toda pluma de oro escribe yerros.

Solicitaba un otro á grandes diligencias, alguna, que escribiese bien dél. Informóse la ninfa si era benemérito.

Averiguó que no.

Replicó él que para serlo no se la quiso conceder; aunque alabó su honrado deseo, diciéndole que las palabras ajenas no pueden hacer insignes los hombres; sino sus hechos propios bien ejecutados primero y bien escritos después.

Al contrario, un otro famoso varón pidió le mejorase, porque la que le había dado era llana y sencilla y consolóle con que sus grandes hechos campeaban más en aquel mal estilo, que los de otros no tales entre mucha elocuencia.

Quejáronse algunos célebres modernos de que sus inmortales hechos se pasaban en silencio, habiendo habido elogios plausibles del Jovio para otros no tan esclarecidos.