Aquí se enojó mucho la noticiosa ninfa y con grande impaciencia dijo:

Si vosotros los despreciáis, los perseguís y tal vez los encarceláis á mis dilectísimos escritores, no haciendo caso dellos, ¿cómo queréis que os celebren? La pluma, príncipes míos, no ha de ser apreciada; pero sí preciada.

Daban en rostro las demás naciones á la española en no haberse hallado en ella una pluma latina, que con satisfacción la ilustrase.

Respondía que los españoles más atendían á manejar la espada que la pluma, á obrar las hazañas que á placearlas y que aquello de tanto cacarearlas más parecía de gallinas.

No le valió; antes la arguyeron de poco política y muy bárbara, poniéndola por ejemplo los romanos, que en todo florecieron y un César cabal pluma y espada rige.

Oyendo esto y viéndose señora del mundo, determinó llegar á pedir pluma. Juzgó la reina de los tiempos tenía razón; mas reparó en cuál la daría, que la desempeñase bien después de tanto silencio. Y aunque tiene por ley general no dar jamás á ninguna provincia algún escritor natural, so pena de no ser creído, con todo, viéndola tan odiada de todas las demás naciones, se resolvió en darla una pluma propia.

Comenzaron luego á murmurarlo las demás naciones y á mostrar sentimiento; mas la verdadera ninfa las procuró quietar, diciendo:

Dejad, que el Mariana, aunque es español de cuatro cuartos, si bien algunos lo han afectado dudar; pero él es tan tétrico y escribirá con tanto rigor, que los mismos españoles han de ser los que queden menos contentos de su entereza.

Esto no le fiaron á la Francia y así entregó la pluma de sus últimos sucesos y de sus reyes á un italiano. Y no contenta aún con esto, le mandó salir de aquel reino y que se fuese á Italia á escribir libremente y así ha historiado tan acertadamente Henrico Catarino, que ha oscurecido al Guicciardino y aun causado recelo á Tácito.

Con esto cada uno llevaba la que menos pensaba y quisiera. Las que parecían de unas aves, eran de otras, como la que pasó plaza del Conestagio en la unión de Portugal con Castilla, que bien mirada se halló no ser suya, sino del conde de Portalegre, para deslumbrar la más atenta prudencia.