Don José
Pellicer. Pidió uno las del fénix para escribir della y encargósele seriamente no las gastase, sino en las de la fama. La que se conoció con toda realidad ser de fénix fué la de aquella princesa, excepción de la hermosura, no ya necia, aunque sí desgraciada, la inestimable Margarita de Valois, á quien y al César solos se les permitió escribir con acierto de sí mismos.
Pidió un príncipe soldado una pluma, la más bien cortada de todas. Por el mismo caso se la dió sin cortar, diciéndole:
Vuestra misma espada le ha de dar el corte: que si ella cortare bien, la pluma escribirá mejor.
Otro gran príncipe y aun monarca pretendió la mejor de todas, por lo menos la más plausible, porque él quería inmortalizarse con ella. Y viendo que realmente la merecía, escogió entre todas y dióle una entresacada de las alas de un cuervo. No quedó contento; antes murmuraba que, cuando pensó le daría la de algún águila real, que levantase el vuelo hasta el sol, le daba aquella tan infausta.
¡Eh, señor, que no lo entendéis!, dijo la Historia: éstas, que son de cuervo en el picar, en el adivinar las intenciones, en desentrañar los más profundos secretos, ésta del Comines es la más plausible de todas.
El doctor
Juan Francisco
Andrés. Trataba un gran personaje de mandar quemar una destas. Desengañáronle no lo intentase, porque son como las del fénix, que en el fuego se eternizan y, en prohibiéndolas, vuelan por todo el mundo. La que celebró mucho y por eso la dió á Aragón fué una cortada de un jirasol.
Ésta, dijo, siempre mirará á los rayos de la verdad.
Admiráronse mucho de ver que, habiendo tanta copia de historiadores modernos, no tenía sus plumas la inmortal ninfa en su mano ni la ostentaba, sino cual y cual, la de Pedro Mateo, del Santoro, Babia, del conde de la Roca, Fuenmayor y otros; mas desengañáronse, cuando advirtieron eran de simplicísimas palomas, sin la hiel de Tácito, sin la sal de Curcio, sin el picante de Suetonio, sin la atención de Justino, sin la mordacidad del Platina.
Que no todas las naciones, decía la gran reina de la verdad, tienen numen para la historia. Aquéllos por ligeros fingen, estos otros, porque llanos, descaecen y así las más destas plumas modernas son chabacanas, insulsas y en nada eminentes. Veréis muchas maneras de historiadores, unos gramaticales, que no atienden sino al vocablo y á la colocación de las palabras, olvidándose del alma de la historia. Otros cuestionarios: todo se les va en disputar y averiguar puntos y tiempos. Hay anticuarios, gaceteros y relacioneros: todos materiales y mecánicos, sin fondo de juicio ni altanería de ingenio.
Topó una pluma de caña dulce destilando néctar y al punto la sacudió de sí, diciendo: