Allí vieron el ruibarbo de Epicteto y otras purgativas de todo exceso de humor, para aliviar el ánimo.
Para apetito y regalo hizo una ensalada de los diálogos de Luciano, tan sabrosa, que á los más desconocidos les abrió el gusto, no sólo de comer, pero de rumiar los grandes preceptos de la prudencia.
Después déstos echó mano de unas hojas muy comunes; mas ella las comenzó á celebrar con exageraciones. Estaban admirados los circunstantes, cuando las habían tenido más por pasto de bestias, que de personas.
No tenéis razón, dijo: que en estas fábulas de Esopo hablan las bestias, para que entiendan los hombres.
Y haciendo una guirnalda, se coronó con ellas. Para sacar una quinta esencia general recogió todas las de Alciato, sin desechar una y, aunque las vió imitadas en algunos; pero eran contrahechas y sin la eficaz virtud de la moralidad ingeniosa.
De los Morales de Plutarco se valía para comunes remedios: echaban gran fragancia todo género de apostemas y sentencias; pero, no haciéndose mucho caso de sus recopiladores, mandó fuesen algunos dellos premiados con estimación, por haberles ayudado mucho y aun, como Lucinas, haberles dado forma de una aguda donosidad.
Topó unas grandes hojazas, muy extendidas, no de mucha eficacia y así dijo:
Éstas del Petrarca, Justo Lipsio y otros, si tuvieran tanto de intensión como tienen de cantidad, no hubiera precio bastante para ellas.
Acertó á sacar unas de tal calidad, que al mismo punto los circunstantes las apetecieron y unos las mascaban, otros las molían y estaban todo el día sin parar, aplicando el polvo á las narices.
Basta, dijo: que estas hojas de Quevedo son como las del tabaco, de más vicio que provecho, más para reir que aprovechar.