Muy bien, como quisiere mi señora la Fortuna. Que, si ella favorece, los pigmeos son gigantes. Y si no, los gigantes son pigmeos. Otros más ruines que yo están hoy bien encaramados. Que no hay prendas que tengan ni hay sabiduría ni ignorancia ni valor ni cobardía ni hermosura ni fealdad; sino ventura ó desdicha. Tener lunar ó estrella. Todo es risa lo demás. Al fin, ella se dará maña, cómo yo sea grande ó lo parezca: que todo es uno.
Voto á tal, dijo el soldado, que quiera ó no, ella habrá de hacer la razón.
No tan alto, señor soldado, dijo el estudiante: ¡más bajo!
Éste es mi bajo y mucho más he de alzar la voz, aunque sea en la sala de D. Fernando Ruiz de Contreras. Peor es acobardarse con la Fortuna. Sino mostrarla dientes, que sólo se burla con los sufridos. Y así veréis que unos morlonazos, cuatro bellacones atrevidos se salen con cuanto quieren y se burlan de todo el mundo. Ellos son los felices; que de los hombres de bien no hay quien se acuerde. Juro y voto que hemos de andar á mojicones y que ha de hacerme favor, aunque reviente.
No sé yo cómo será eso, replicó el licenciado: que la Fortuna no hay entenderla. Tiene bravos reveses. Á otros más estirados he oído ponderar que no hay tomarla el tino.
Yo, por lo menos, dijo el cortesano, de mis zalamerías pienso valerme y mil veces hacerla el buz.
Buz de arca, dijo el soldado, ha de ser el mío. ¿Yo besarla la mano? Si me hiciese merced, eso bien; y si no, lo dicho, dicho.
Fortuna ciega. Ya me parece que me la veo, decía el enano, y que ella no me ve á mí, por ser pequeño. Que sólo son visibles los bienvistos.
Menos me verá á mí, dijo el estudiante, por ser pobre. Que á los deslucidos nadie los puede ver, aunque les salten al rostro los colores.
¿Cómo os ha de ver, dijo el cortesano, si es ciega?