¿Eso más?, ponderó Critilo. ¿De cuándo acá ha cegado?
No corre otra en la corte.
¿Pues cómo podrá repartir los bienes?
¿Cómo? Á ciegas.
Así es, dijo el estudiante, y así la vió un sabio entronizada en un árbol muy copudo, de cuyas ramas, en vez de frutos, pendían coronas, tiaras, capelos, mitras, bastones, hábitos, borlas y otros mil géneros de insignias, alternados con cuchillos, dogales, remos, grillos y corozas. Estaban bajo el árbol confundidos hombres y brutos, un sabio y un jumento, un lobo y un cordero, una sierpe y una paloma. Sacudía ella á ciegas, esgrimiendo su palo, dé donde diere y Dios te la depare buena. Caía sobre la cabeza de uno una corona y sobre el cuello del otro un cuchillo, sin más averiguar que la suerte. Y las más veces se encontraban, pues daba en manos de uno un bastón, que estuviera mejor un remo. Á un docto le caía una mitra allá en Cerdeña ó acá en Jaca y á un idiota bien cerca, todo á ciegas.
Y aun á locas, añadió el estudiante.
¿Cómo es eso?, replicó Critilo.
Todos lo dicen, que ha enloquecido, y se conoce, pues no va cosa con concierto.
¿Y de qué enloqueció?
Cuéntanse varias cosas. La más constante opinión es que la malicia la ha dado un brebaje y, á título de descansarla, se le ha alzado con el mando y así da á sus favorecidos cuanto quiere: á los ladrones las riquezas, á los soberbios las honras, á los ambiciosos las dignidades, á los menguados las dichas, á las necias la hermosura, á los cobardes las victorias, á los ignorantes los aplausos y á los embusteros todo. El más ruin jabalí se come la mejor bellota y así no van ya por méritos los premios ni por culpas los castigos. Unos yerran y otros los murmuran. Al fin, todo va á locas, como digo.