Amiga
de ruines.
¿Y por qué no á malas también, añadió el soldado, pues la hacen fama de ruin, amiga de los jóvenes, siempre favoreciéndolos y contraria de los varones ancianos y maduros, madrastra de los buenos, envidiosa con los sabios, tirana con los insignes, cruel con los afligidos, inconstante con todos?

¿Es posible, ponderó Critilo, que de tantos azares se compone? ¿Y con todo eso la vamos á buscar desde que nacimos? ¿Y más ciegos y más locos nos vamos tras ella?

Ya en esto se descubría un extravagante palacio, que por una parte parecía edificio y por la otra, ruina. Torres de viento sobre arena, soberbia máquina sin fundamentos. Y de todo el que imaginaron edificio no había sino la escalera, que en esta gran casa de la Fortuna no hay otro que subir y caer. Las gradas parecían de vidrio, más quebradizas cuanto más dobles y todas llenas de deslizaderos. No había barandillas para tenerse; riesgos sí para rodar.

El primer escalón era más dificultoso de subir que una montaña; pero una vez puestos en él, las demás gradas eran facilísimas. Al contrario sucedía en las de la otra banda para bajar, procediendo con tal correspondencia que, así como comenzaba uno á subir por esta parte, al punto caía otro por la otra, aunque más apriesa.

Llegaron, cuando actualmente rodaba uno con aplauso universal. Porque, al punto que comenzó á caer, soltó de las manos la gran presa, que había hecho de oficios y represa de beneficios. Cargos, dignidades, riquezas, encomiendas, títulos, todo iba rodando allí abajo. Daba aquí un bote una encomienda y saltaba acullá á manos de un enemigo suyo. Agarraba otro de vuelo el oficio y todos andaban á la rebatiña, haciendo grande fiesta al trabajo ajeno. Mas así se usa. Solemnizólo mucho Critilo y riéronlo todos, diciendo:

¡Qué bravo chasco de la Fortuna!

¡Pues, si hubierais visto rodar á Alejandro el Magno, aquel verle soltar un mundo entero y saltar tantas coronas, reinos y provincias, como nueces cuesta abajo y coja quien pudiere! Asegúroos, que fué una Babilonia.

Definición
del favor.
Acercóse Critilo á la primer grada con sus camaradas, donde estaba toda la dificultad del subir. Porque aquí asistía el Favor, primer ministro de la Fortuna y muy su confidente. Éste alargaba la mano á quien se le antojaba, para ayudarle á subir y esto sin más atendencia, que su gusto, que debía ser muy malo. Pues por maravilla daba la mano á ningún bueno, á ninguno que lo mereciese; siempre escogía lo peor.

En viendo un ignorante, le llamaba y dejaba mil sabios. Y aunque todo el mundo le murmuraba, nada se le daba. Que de sus temeridades tenía hechos callos en el qué dirán. De una legua acechaba un embustero y á los hombres de sustancia y de entereza no los podía ver, porque le parecía le notaban sus locuras y abominaban de sus quimeras.

Pues á un adulador, á un mentiroso, no ya la mano, entrambos brazos le echaba. Y para los hombres de veras y de su palabra era un topo. Que jamás topó con un hombre de verdad; siempre echaba mano de tales como él. Perdíase naturalmente por los hombres de tronera, entregándolos cuanto hay y así todo lo confundían. Había millares de hombres por aquel suelo, aguardando los favoreciese; pero él, en viendo un entendido, un varón de prendas, decía: