Hete allá, puto, ¡quién á tal le ayudase! Es muy hombre: no conviene. Sujeto, al fin, de bravo capricho.
Era de modo, que acababa con todos los hombres eminentes en gobierno, en armas, en letras, en grandeza y en nobleza, que había muchos y muy á propósito. Pero ¿qué mucho, si descubrieron que estaba ciego de todas pasiones y andaba á ciegas, topando con las paredes del mundo y acabando con todo él?
Ésta, como digo, era la escala para subir á lo alto. No tenía remedio Critilo por desconocido ni el cortesano por conocido ni el estudiante ni el soldado por merecerlo; sólo el enano tuvo ventura, porque se le hizo pariente y así luego estuvo arriba. Apurábase el soldado de ver que los gallinas volaban y el estudiante, de que los bestias corrían.
Estando en esta dificultad, asomóse acullá en lo más alto Andrenio, que por lo vulgar había subido tan arriba y estaba muy adelantado en el valer. Conoció á Critilo, que no fué poco desde tan alto y de donde muchos desconocieron á sus padres é hijos; mas fué llamada de la sangre. Dióle luego la mano y levantóle y entre los dos pudieron ayudar á subir los demás. Iban trepando por aquellas gradas con harta facilidad de una en otra, ganada la primera, de un cargo en otro y de un premio en muchos.
Escala
de la fortuna. Notaron una cosa bien advertida, estando á media escalera, y fué que todos, cuantos miraban de la parte de arriba y que subían delante, les parecían grandes hombres, unos gigantes, y gritaban:
¡Qué gran rey el pasado! ¡Qué capitán aquel que fué! ¡Qué sabio el que murió!
Y al revés, todos cuantos venían atrás les parecían poca cosa y unos enanos.
¡Qué cosa es, dijo Critilo, ir un hombre delante! ¡Aquello de ser primero ó venir detrás! Todos los pasados nos parece que fueron grandes hombres y todos los presentes y los que vienen nos parecen nada. Que hay gran diferencia en el mirar á uno como superior ó inferior desde abajo.
Llegaron ya á la última grada, donde estaba la Fortuna. Pero, ¡oh cosa rara! ¡oh prodigio nunca creído y de que quedaron atónitos y aun pasmados! Digo, cuando vieron una reina totalmente diversa de lo que habían concebido y muy otra de lo que todo el mundo publicaba. Porque no sólo no era ciega, como se decía; pero tenía una cara de cielo al mediodía, con unos ojos más perspicaces que un águila, más penetrantes que un lince. Su semblante, aunque grave, muy sereno, sin ceños de madrastra. Y toda ella muy compuesta.
No estaba sentada, porque siempre estaba de leva y en continuo movimiento. Calzaba ruedecillas por chapines. Su vestir era la mitad de luto y la otra mitad de gala. Miráronla y miráronse unos á otros, encogiéndose de hombros y arqueando las cejas, admirados de tal novedad y aun dudaron si era ella.