¿Pues quién había de ser?, respondió la Equidad, que la asistía con unas balanzas en la mano.

Oyólo la misma Fortuna, que ya había notado de reojo los ademanes de su espanto, y con voz harto agradable les dijo:

Audaces
afortunados.
Llegaos acá. Decid, ¿de qué os habéis turbado? No reparéis en decir la verdad, que yo gusto mucho de los audaces.

Estaban todos tan mudos, como encogidos. Sólo el soldado con valentía en el desahogo y desahogo en el hablar, alzando la voz de modo, que pudo oirle todo el mundo, dijo:

Gran señora de los favores, reina poderosa de las dichas, yo te he de decir hoy las verdades. Todo el mundo de cabo á cabo, desde la corona á la abarca, está murmurando de ti y de tus procederes. Yo te hablo claro, que los príncipes nunca estáis al cabo de las nuevas, siempre ajenos de lo que se dice.

Ya sé que todos se quejan de mí, dijo ella misma; pero ¿de qué y por qué? ¿Qué es lo que dicen?

Mas ¿qué no dicen? respondió el soldado. Al fin yo comienzo con tu licencia, si no con tu agrado. Dicen lo primero que eres ciega. Lo segundo que eres loca. Lo tercero necia. Lo cuarto...

Aguarda, aguarda, basta, vete poco á poco, dijo: que hoy quiero dar satisfacción al universo. Protesto lo primero que soy hija de buenos, pues vengo de Dios y de su divina Providencia y tan obediente á sus órdenes, Fortuna
sin hijos.
que no se mueve una hoja de un árbol ni una paja del suelo sin su sabiduría y dirección. Hijos es verdad que no los tengo. Porque no se heredan ni las dichas ni las desdichas.

El mayor cargo, que me hacen los mortales y el que yo más siento, es decir que favorezco á los ruines. Que aquello de ser ciega seréis vosotros testigos. Pues yo digo que ellos son los malos y de ruines procederes, que dan las cosas á otros tales como ellos. El ricazo da su hacienda al asesino, al valentón, al truhán, los ciento y los doscientos á la ramera y traerá desnuda al ángel de una hija y el serafín de una virtuosa consorte. En esto emplean sus grandes rentas.

Los poderosos dan los cargos y se apasionan por los que menos los merecen y positivamente los desmerecen. Favorecen al ignorante, premian al adulador, ayudan al embustero, siempre adelantando los peores; y del más merecedor ni memoria, cuanto menos voluntad. El padre se apasiona por el peor hijo y la madre, por la hija más loca, el príncipe por el ministro más temerario, el maestro por el discípulo incapaz, el pastor por la oveja sarnosa, el prelado por el súbdito relajado, el capitán por el soldado más cobarde.