¿Ellos? ¿De qué suerte?

Porque no me saben buscar. Ellos no roban, no trampean, no mienten, no estafan, no se dejan cohechar, no desuellan al pobre, no chupan la sangre ajena, no viven de embeleco, no adulan, no son terceros, no engañan: ¿cómo han de enriquecer, si no me buscan?

¿Qué, es menester buscarle? Váyase él, pues corre tanto, á sus casas mismas y ruégueles y sírvales.

Señora, ya voy tal vez ó por premio ó por herencia y no me saben guardar. Luego me echan puerta afuera, Don Diego
Antonio Francés.
haciendo limosnas, remediando necesidades, más que el arcipreste de Daroca. Pagan luego lo que deben, prestan, son caritativos, no saben hacer una ruindad y así luego me echan puerta afuera.

No es echarte á rodar; sino subirte bien alto, hasta el cielo. Y tú, Honra, ¿qué respondes?

Lo mismo. Que los buenos no son ambiciosos, no pretenden, no se alaban, no se entremeten; antes se humillan, se retiran del bullicio, no multiplican cartas, no se presentan y así ni me saben buscar ni á ellos los buscan.

¿Y tú, Hermosura?

Belleza argüída. Que tengo muchos enemigos. Todos me persiguen, cuando más me siguen. Quiérenme para el mundo; nadie para el cielo. Siempre ando entre locas y necias. Las vanas me placean, me sacan á vistas; las cuerdas me encierran, me esconden, no se dejan ver y así siempre me topan con gente ruin á tontas y á locas.

Habla tú, Ventura.

Yo, señora, siempre voy con los mozos, porque los viejos no son atrevidos. Los prudentes, como piensan mucho, hallan grandes dificultades; los locos son arrojados, los temerarios no reparan, los desesperados no tienen qué perder. ¿Qué quieres tú que diga?