¿No veis, exclamó la Fortuna, lo que pasa?
Conocieron todos la verdad y valióle.
Sólo el soldado volvió á replicar y dijo:
Muchas cosas hay, que no dependen de los hombres; sino que tú absolutamente las dispensas, las repartes como quieres y se quejan que con notable desigualdad. Al fin, yo no sé cómo se es, que todos viven descontentos: las discretas porque las hiciste feas, las hermosas porque necias, los ricos porque ignorantes, los sabios porque pobres, los poderosos sin salud, los sanos sin hacienda, los hacendados sin hijos, los pobres cargados dellos, los valientes porque desdichados, los dichosos viven poco, los desdichados son eternos. Así que á nadie tienes contento. No hay ventura cumplida ni contento puro; todos son aguados.
Hasta la misma naturaleza se queja ó se escusa con que en todo te le opones. Siempre andáis las dos de punta, que tenéis escandalizado el mundo. Si la una echa por un cabo, la otra por el otro. Fama, fortuna
y naturaleza
reñidas. Por el mismo caso que la naturaleza favorece á uno, tú le persigues; si ella da prendas, tú las desluces y las malogras. Pues vemos infinitos perdidos por esto, grandes ingenios sin ventura, valentías prodigiosas sin aplauso, un Gran Capitán retirado, un rey Francisco de Francia preso, un Enrico IV muerto á puñaladas, un Marqués del Valle pleiteando, un rey don Sebastián vencido, un Belisario ciego, un Duque de Alba encarcelado, un don Lope de Hozes abrasado, un Infante Cardenal antecogido, un príncipe don Baltasar, sol de España, eclipsado. Dígoos que traéis revuelto el mundo.
Contrapesos
de las felicidades. Basta, dijo la Fortuna: que lo que más me habían de estimar los hombres eso me calumnian. ¡Hola!, Equidad, vengan las balanzas.
¿Veislas? ¿veislas? Pues sabed que no doy cosa, que no la pese y contrapese primero, igualando muy bien estas balanzas. Venid acá, necios, inconsiderados, si todo lo diera á los sabios, ¿qué hicierais vosotros? ¿Habíais de quedar destituídos de todo? ¿Qué había de hacer una mujer, si fuera necia, fea y desdichada? ¿Desesperarse? ¿Y quién se pudiera averiguar con una hermosa, si fuera venturosa y entendida? Y si no, hagamos una cosa.
Traigan acá todas mis dádivas, vengan las lindas: si tan desgraciadas son, truequen con las feas. Vengan los discretos: si tan descontentos viven, truequen con los ricos necios, que todo no se puede tener.
Fué luego pesando sus dádivas y disfavores, coronas, cetros, tiaras, riquezas, oro, plata, dignidades y venturas. Y fué tal el contrapeso de cuidados á las honras, de dolores á los gustos, de descréditos á los vicios, de achaques á los deleites, de pensiones á las dignidades, de ocupaciones á los cargos, de desvelos á las riquezas, de trabajos á la salud, de crudezas al regalo, de riesgo á la valentía, de desdoros á la hermosura, de pobreza á las letras, que cada uno decía:
¡Démonos por buenos!