Estas dos balanzas, proseguía la Fortuna, somos la naturaleza y yo, que igualamos la sangre. Si ella se inclina á la una parte, yo á la otra; si ella favorece al sabio, yo al necio; si ella á la hermosa, yo á la fea. Siempre al contrario, contrapesando los bienes.

Fortuna
justiciera.
Todo está bien, replicó el soldado; pero ¿por qué no has de ser constante en una cosa y no andar variando cada día? ¿Para qué es buena tanta mudanza?

¿Qué más quisieran los dichosos?, respondió la Fortuna. ¡Bueno por cierto! ¿Que siempre gozasen unos mismos los bienes y que nunca les llegase su vez á los desdichados? Deso me guardaré yo muy bien.

¡Hola!, Tiempo, ande la rueda, dé una vuelta y otra vuelta y nunca pare. Abátanse los soberbios y sean ensalzados los humildes. Vayan á veces. Sepan unos qué cosa es padecer y los otros gozar. Pues, si aun con saber esto y llamarme la mudable, no se dan por entendidos los poderosos, los entronizados, ninguno se acuerda de mañana, despreciando los inferiores, atropellando los desvalidos, ¿qué hicieran, si ellos supieran que no había de haber mudanza?

¡Hola!, Tiempo, ande la rueda. Si aun deste modo son intolerables los ricos, los mandones, ¿qué fuera, si se aseguraran, echando un clavo á su felicidad? Éste sí que fuera yerro.

¡Hola!, Tiempo, ande la rueda y desengáñese todo el mundo, que nada permanece, sino la virtud.

No tuvo más que replicar el soldado; antes volviéndose al estudiante, le dijo:

Pues vosotros, los bachilleres, sois los que más satirizáis la Fortuna, ¿cómo calláis ahora? Decid algo, que en las ocasiones es el tiempo de hablar.

Confesó él que no lo era; sólo venía á pretender un beneficio bobo.

Mas la Fortuna: Ya sé, dijo, que los sabios son los que hablan más mal de mí y en eso muestran serlo.