Andaba cierto personaje, aunque á lo disimulado, por alcanzar una corona. Cansábase de ser príncipe de retén; mas quedóse con estas esperanzas.

Llegó un bravo gigantón, un castillo de huesos, que ya está dicho de carne, no se dignó de mirar á los demás, burlándose de todos.

Éste sí, dijeron, que se ha de alzar con todo y más que tiene cien garras.

Alzó el brazo, que fué izar una entena. Hizo temblar todos los bienes de la Fortuna; mas, aunque le alargó mucho y le estiró cuanto pudo y casi casi llegó á rozarse con una corona, no la pudo asir, de que quedó hostigadísimo, maldiciendo y blasfemando su fortuna.

Probábanse ya por una parte y ya por otra, porfiaban, anhelaban y al cabo todos se rendían.

¿No hay algún sabio?, gritó la Fortuna. Venga un entendido y pruébese.

Sabio señor
de todo.
Salió al punto un hombre muy pequeño de cuerpo: que los largos, raras veces fueron sabios. Riéronse todos en viéndole y decían:

¿Cómo ha de conseguir un enano lo que tantos gigantes no han podido?

Mas él, sin hacer del hacendado, sin correr ni correrse, sin matarse ni matar, con linda maña, asiendo del tapete, lo fué tirando hacia sí y trayendo con él todos los bienes juntos.

Aquí alzaron todos el aplauso y la Fortuna dijo: