Pues si ellas son burlas, ¿qué serán las veras?

Lo que á mí me irrita es que me levanten testimonios.

Aguarda, que ya te entiendo: sin duda es aquello, que dicen, que trocaste el arco con la muerte y que desde entonces no te llaman ya Amor de amar; sino de morir, Amor á muerte: de modo que Amor y Muerte todo es uno. Quitas la vida, robas hasta las entrañas, hurtas los corazones, trasponiéndolos donde aman, más que donde animan.

Todo eso es verdad.

Pues si eso es verdad, ¿qué quedará para mentira?

Ahí verás que no paran hasta sacarme los ojos, á pesar de mi buena vista, que siempre la suelo tener buena; y, si no, díganlo mis saetas: han dado en decir que soy ciego. ¿Hay tal testimonio? ¿Hay tal disparate? Y me pintan muy vendado: no sólo los Alpes, que eso es pintar como querer y los poetas, que por obligación mienten y por regla fingen; pero que los sabios y los filósofos estén con esta vulgaridad, no lo puedo sufrir. Pasión ciega. ¿Qué pasión hay, díme por tu vida, Fortuna amiga, que no ciegue? ¡Qué! El airado, cuando más furioso, ¿no está ciego de la cólera? ¿Al codicioso no le ciega el interés? ¿El confiado no va á ciegas? ¿El perezoso no duerme? ¿El desvanecido no es un topo para sus menguas? ¿El hipócrita no trae la viga en los ojos? El soberbio, el jugador, el glotón, el bebedor y cuantos hay, ¿no se ciegan con pasiones? ¿Pues por qué á mí, más que á los otros, me han de vendar los ojos, después de sacármelos y querer que por antonomasia me entienda el ciego? Y más siendo esto tan al contrario, que yo me engendro por la vista: viendo crezco, del mirar me alimento y siempre querría estar viendo y haciéndome ojos, como el águila al sol, hecho lince de la belleza. Éste es mi sentimiento. ¿Qué te parece?

¿Qué me parece?, respondió la Fortuna. Lo mismo me sucede á mí y así consolémonos entrambos. Á más de que, mira, Amor, tú y los tuyos tenéis una condición bien rara, por la cual con mucha razón y con toda propiedad os llaman ciegos: y es que á todos los demás tenéis por ciegos, creéis que no ven ni advierten ni saben, de modo que piensan los enamorados que todos los demás tienen los ojos vendados. Ésta sin duda es la causa de llamarte ciego, pagándote con la pena del talión.

Quien quisiera ver esta filosofía, confirmada con la experiencia, escuche esta agradable relación, que dedica Critilo á los floridos años y más al escarmiento.

Mándame revocar, dijo, un dolor, que es más para sentido, que para dicho. Cuan gustosa ha sido para mí tu relación, tan penosa ha de ser la mía. ¡Dichoso tú!, que te criaste entre las fieras, y ¡ay de mí!, que entre los hombres, pues cada uno es un lobo para el otro, si ya no es peor el ser hombre. Tú me has contado cómo viniste al mundo; yo te diré cómo vengo de él y vengo tal, que aun yo mismo me desconozco; y así no te diré quién soy, sino quién era. Dicen que nací en el mar y lo creo, según es la inconstancia de mi fortuna.

Al pronunciar esta palabra mar, puso los ojos en él y al mismo punto se levantó á toda prisa.