No tienes que temer, que cautelarte sí, dijo el centauro.
Sin duda que los pocos hombres que habían quedado se han retirado á los montes, ponderó Critilo, por no ver lo que en el mundo pasa y que las fieras se han venido á las ciudades y se han hecho cortesanas.
Así es, respondió Quirón: el león de un poderoso, con quien no hay poderse averiguar, el tigre de un matador, el lobo de un ricazo, la vulpeja de un fingido, la víbora de una ramera: toda bestia y todo bruto han ocupado las ciudades. Ésas rúan las calles, pasean las plazas; y los verdaderos hombres de bien no osan parecer, viviendo retirados dentro de los límites de su moderación y recato.
¿No nos sentamos en aquel alto, dijo Andrenio, para poder ver, cuando no gozar con seguridad y con señorío?
Eso no, respondió Quirón: no está el mundo para tomarlo de asiento.
Pues arrimémonos aquí á una de estas columnas, dijo Critilo.
El rico
más rico. Tampoco: que todos son falsos los arrimos de esta tierra; vamos paseando y pasando.
Estaba muy desigual el suelo, porque á las puertas de los poderosos, que son los ricos, había unos grandes montones que relucían mucho.
¡Oh, qué de oro!, dijo Andrenio.
Y el Quirón: Advierte que no lo es todo lo que reluce.