¡Qué otro disparate!, dijo Andrenio. Si tales caprichos hay en el mundo, llámese casa de orates hermanados.

¿No nos puso, ponderó Critilo, la próvida naturaleza los ojos y los pies hacia adelante para ver por dónde andamos y andar por donde vemos con seguridad y firmeza? ¿Pues cómo éstos van por donde no ven y no miran por dónde van?

Advertid, dijo Quirón, que los más de los mortales, en vez de ir adelante en la virtud, en la honra, en el saber, en la prudencia y en todo, vuelven atrás: y así muy pocos son los que llegan á ser personas. Conde de
Peñaranda.
Cual y cual, como un conde de Peñaranda. ¿No veis aquella mujer lo que forceja, cejando en la vida? No querría pasar de los veinte ni aquella otra de los treinta y, en llegando á un cero, se hunden allí, como en trampa de los años, sin querer pasar adelante. ¡Aun mujeres no quieren ser! ¡Siempre niñas! ¡Mas cómo estira de ellas aquel vejezuelo cojo! ¡Y la fuerza que tiene! ¿No veis cómo las arrastra llevándolas por los cabellos? Con todos los de aquella otra se ha quedado en las manos: todos se los ha arrancado. ¡Qué puñada le ha pegado á la otra! ¡No le ha dejado diente! ¡Hasta las cejas las harta de años! ¡Oh, qué mala cara le hacen todas!

Mujeres. Aguardad, mujeres, dijo Andrenio. ¿Dónde están? ¿Cuáles son? Que yo no las distingo de los hombres.

¿Tú no me dijiste, oh Critilo, que los hombres eran los fuertes y las mujeres las flacas, ellos hablaban recio y ellas delicado, ellos vestían calzón y capa y ellas basquiñas? Yo hallo que todo es al contrario, porque ó todos son ya mujeres ó los hombres son los flacos y afeminados. Ellas, las poderosas; ellos tragan saliva, sin osar hablar. Y ellas hablan tan alto, que aun los sordos las oyen. Ellas mandan el mundo y todos se les sujetan. ¡Tú me has engañado!

Tienes razón, aquí suspirando Critilo: que ya los hombres son menos que mujeres. Más puede una lagrimilla mujeril, que toda la sangre, que derramó el valor. Más alcanza un favor de una mujer, que todos los méritos del saber. No hay vivir con ellas ni sin ellas. Nunca más estimadas que hoy. Todo lo pueden y todo lo pierden. Ni vale haberlas privado la atenta naturaleza del decoro de la barba, ya para nota, ya por dar lugar á la vergüenza y todo no basta.

Según eso, dijo Andrenio, ¡el hombre no es el rey del mundo; sino el esclavo de la mujer!

Mirad, respondió el Quirón; él es el rey natural; sino que ha hecho á la mujer su valido, Princesa
de Rosano.
Doña Elvira
Ponce.
que es lo mismo que decir que ella lo puede todo. Con todo eso, para que las conozcáis, aquellas son. Que, cuando más han menester el juicio y el valor, entonces les falta más. Pero sean excepción de mujeres las que son más que hombres: la gran princesa de Rosano y la excelentísima señora marquesa de Valdueña.

Más admiración les causó uno, que yendo á caballo en una vulpeja caminaba hacia atrás, nunca seguido, sino torciendo y revolviendo á todas partes. Y todos los del séquito, que no eran pocos, procedían del mismo modo. Hasta un perro viejo, que de ordinario le acompañaba.

¿Veis á éste?, advirtió Quirón. Pues yo os aseguro que no se mueve de necio.