Yo lo creo, dijo Critilo: que todos me parece van por extremos en el mundo. ¿Quién es éste, dínos, que pica más en falso?

Caco político. ¿No habéis oído nunca nombrar el famoso Caco? Pues éste lo es de la política: digo, un caos de la razón de estado. De este modo corren hoy los estadistas, al revés de los demás. Así proceden en sus cosas. Para desmentir toda atención ajena, para deslumbrar discursos, no querrían que por las huellas les rastreasen. Sus fines señalan á una parte y dan en otra. Publican uno y ejecutan otro. Para decir no dicen sí. Siempre al contrario, cifrando en las encontradas señales su vencimiento. Para éstos es menester un otro Hércules, que con la maña y la fuerza averigüe sus pisadas y castigue sus enredos.

Observó de buena nota Andrenio que los más hablaban á la boca y no al oído y que los que escuchaban, no sólo no se ofendían de semejante grosería, sino que antes bien gustaban tanto de ello, que abrían las bocas de par en par, haciendo de los mismos labios orejas, hasta destilárseles el gusto.

¡Ay tal abuso!, dijo él mismo. Las palabras se oyen, que no se comen ni se beben y éstos todo se tragan. Verdad es, que nacen en los labios; pero mueren en el oído y se sepultan en el pecho: éstos parece que las mascan y que se relamen con ellas.

Gran señal, dijo Critilo, de poca verdad, pues no les amargan.

Lisonja valida. ¡Oh!, dijo Quirón, ¿no veis que ya se usa hablarle á cada uno al sabor de su paladar? ¿No adviertes, oh Andrenio, aquel señor, cómo se está saboreando con las lisonjas de azúcar? ¡Qué hartazgos se da de adulación! Créeme que no oye, aunque lo parece, porque todo se lo lleva el viento. Repara en aquel otro príncipe, ¡qué hace de engullir mentiras! Todo se lo persuade. Mas hay una cosa: que en toda su vida dejó de creer mentira alguna, con que escuchó tantas, ni creyó verdad, aunque oyó tan pocas. Pues aquel otro necio desvanecido ¿de qué piensas tú que está tan hinchado? ¡Eh!, que no es de sustancia; no es sino aire y vanidad.

Ésta debe de ser la causa, ponderó Critilo, que oyen tan pocas verdades los que más deberían. Ellas amargan y, como ellos las escuchan con el paladar, ó no se las dicen ó no tragan alguna y la que acierta á pasar les hace tan mal estómago, que no la pueden digerir.

Lo que les ofendió mucho fué el ver unos vilísimos esclavos de sí mismos, arrastrando eslabonados hierros; las manos no con cuerdas ni aun con esposas, atadas para toda acción buena y más para las liberales; el cuello con la argolla de un continuo, aunque voluntario ahogo; los pies con grillos, que no les dejaban dar un paso por el camino de la fama, tan cargados de hierros, cuan desnudos de aceros. Y con una nota tan descarada, estaban muy entronizados, cortejados y aplaudidos, mandando á hombres muy hombres, ingenuos y principales, gente toda de noble condición. Éstos servían á aquéllos, obedeciéndolos en todo y aun los llevaban en peso, poniendo el hombro á tan vil carga. Aquí ya dió voces Andrenio, sin poderlo tolerar:

¡Oh! ¡Quién pudiera llegar, decía, y barajar aquellas suertes! ¡Oh, cómo derribara yo á puntillazos aquellas malempleadas sillas y las trocara en lo que habían de ser y ellos también merecen!

No grites, dijo Quirón, que nos perdemos.