¿Qué importa, si todo va perdido?

¿No ves tú que son éstos los poderosos, los que...?

¿Éstos?

Esclavos
mandan.
Sí, éstos, esclavos de sus apetitos, siervos de sus deleites, los Tiberios, los Nerones, los Calígulas, Eliogábalos y Sardanápalos. Éstos son los adorados. Y al contrario, los que son los verdaderos señores de sí mismos, libres de toda maldad, éstos son los humillados. En consecuencia de esto, mira aquellos muy sanos de corazón, tendidos en el suelo y aquellos otros, tan malos, muy en pie. Los de buen color en todas sus cosas, andan descaecidos; y aquellos, á quienes su mala conciencia les ha robado el color, por lo que robaron, están empinados. Los de buenas entrañas no se pueden tener ni conservar; y los que las tienen dañadas, corren. Los que les huele mal el aliento, están alentados; los cojos tienen pies y manos. Todos los ciegos tienen palo. De suerte, que todos los buenos van por tierra y los malos andan ensalzados.

¡Oh, qué bueno va el mundo!, dijo Andrenio.

Pero lo que les causó gran novedad y aun risa fué ver un ciego, que no veía gota, aunque sí bebía muchas, con unos ojos más oscuros que la misma vileza, con más nubes que un Mayo. Con toda esta ceguera, venía hecho guía de muchos, que tenían la vista clara: él los guiaba ciego y ellos le seguían mudos, pues en nada le repugnaban.

¡Ésta sí, exclamó Andrenio, que es brava ceguera!

Ciegos guían. Y aun torpe también, dijo Critilo. Que un ciego guíe á otro gran necedad es; pero ya vista y caer ambos en una profundidad de males. Pero que un ciego de todas maneras quiera guiar á los que ven, ése es disparate nunca oído.

Yo, dijo Critilo, no me espanto que el ciego pretenda guiar á los otros: que, como él no ve, piensa que todos los demás son ciegos y que proceden del mismo modo á tientas y á tontas; mas ellos, que ven y advierten el peligro común, que con todo eso le quieran seguir, tropezando á cada punto y dando de ojos á cada paso, hasta despeñarse en un abismo de infidelidades, ésa es una increíble necedad y una monstruosa locura.

Pues advertid, dijo Quirón, que éste es un error muy común, una desesperación transcendental, necedad de cada día y mucho más de nuestros tiempos. Los que menos saben tratan de enseñar á los otros. Unos hombres embriagados intentan leer cátedra de verdades. De suerte que habemos visto que un ciego de la torpe afición de una mujer tan fea, cuan infame, llevó infinitas gentes tras sí, despeñándose todos en un profundo de eterna calamidad. Y ésta no es la octava maravilla; el octavo monstruo sí. Que el primer paso de la ignorancia es presumir saber y muchos sabrían, si no pensasen que saben.