Picado el gusto, picábanle los pies á Andrenio por ir allá. No veía la hora de hallarse en una corte tan política. Y, obligado del agasajo, estaba ya dentro de la carroza, dando la mano á Critilo y estirándole á que entrase. Mas éste, como iba con pies de oro, volvió á informarse cómo se nombraba aquel príncipe. Que siendo tan grande, como decía, no podía dejar de tener gran nombre.
Muchos tiene, respondió el ministro, mudando á cada palabra su semblante. Nombres y renombres tiene y, aunque en cada provincia el suyo y para cada acción, pero el verdadero, el más propio, pocos le saben, porque muy pocos llegan á verle y menos á conocerle. Es príncipe de mucha autoridad; que no es de éstos de á docena en provincia. Guarda gran recato; no se permite así vulgarmente. Que consiste su mayor estimación en el retiro y en no ser descubierto. Al cabo de muchos años llegan algunos á verle y eso por gran ventura; que otros ni en toda su vida.
Ya en esto les había sacado del camino derecho y metido en otro muy intrincado y torcido. Cuando lo advirtió Critilo, comenzó á malearse; pero ya no era fácil volver atrás y desenredarse, asegurándoles la guía que aquél era el atajo de medrar, que le siguiesen, que él les ofrecía sacarlos á lucimiento, y que advirtiesen que casi todos los pasajeros echaban por allí.
No es eso lo mejor, dijo Critilo; antes lo trivial le hace sospechoso, y previno á Andrenio fuese muy sobre sí y doblase la cautela.
Llegaron ya á la gran fuente de la gran sed, tan nombrada, como deseada de todos los fatigados viandantes. Famosa por su artificio, injuria de Juanelo y célebre por la perennidad de sus líquidos cristales. Estaba en medio de un gran campo y aun no bastante para la mucha gente que concurría, solicitando alivio á tanta sed y fatiga. Veíase en aquella ocasión tan coronada de sedientos pasajeros, que parecía haberse juntado todo el mundo: que bien pocos de los mortales faltaban. Brollaba el agua por siete caños en gran abundancia; aunque no eran de oro, sino de hierro, circunstancia que la notó bien Critilo. Y más cuando vió que, en vez de grifos y leones, eran sierpes y eran canes. No había estanque donde el agua rebalsase, porque no sobraba gota, donde se desperdiciaban tantas, asegurando todos, cuantos la gustaban, era la más dulce que en su vida habían bebido. Y con este cebillo, sobre el cansancio, no cesaban de brindarse, hidrópicos de dulzura. Para la gente de cuenta, que siempre éstos son contados, había cálices de oro, que una agradable ninfa, tabernera de Babilonia, con extremada cortesía les ministraba y las más veces bailándoles el agua delante.
Aquí Andrenio, tan apretado de la sed, cuan obligado del agasajo, sin más reparo, se precipitó al agua. Poca pudo pasar, que le gritó Critilo:
¡Aguarda, espera! Mira primero si es agua.
¿Pues qué ha de ser?, replicó él.
Bien puede ser veneno, que aquí todo es de temer.
Agua veo yo que es y muy clara y bien risueña.